Genius: cuatro capas y un cucurucho de dulce de leche
Cuando estaba escribiendo Genius tenía hambre. Hambre real, de las nueve horas de jornada y el cuerpo que no alcanza a reponer. Me imaginé a mi novia dándome bochas de dulce de leche gratis, una detrás de otra, sin preguntar. Un cucurucho infinito. Eso no está en el cuento pero está en el cuento.
Imaginate arreglarles los respiradores a estos bichos y cuando vas a preguntar por qué no mandan a un técnico de ellos, te responden: "Es que está demasiado ocupado comiendo helado". A nuestro protagonista eso le pica durante todo el relato. Pero sigue. Su patrón se llama Timoteo Cucurucho. Sí, es una alusión a Tim Cook. El Noble Egixi que dirige la operación más poderosa del subsuelo rosarino tiene el apellido de un vasito de helado. Me pareció justo. Nuestro narrador — el que trabaja, que aprende, que transpira — no tiene nombre aristocrático. Tiene las manos.
Me llaman cuando un respirador falla. Me da bronca, porque podrían llamar a un técnico de los suyos. Siempre pregunto y me dicen lo mismo: que está ocupado comiendo helado.
No sé si es un chiste. Nunca entendí el humor de ellos. Puede que no tengan. Pero cada vez que lo dicen me pica algo en la nuca, una cosita chiquita, un grano que apretás y no sale. Helado. Hace cinco años que no como helado.
No me llaman por nombre. Me llaman por función: "técnico". En el idioma de ellos no existe la palabra, usan una cosa que suena: "reparar-persona", dos sílabas escupidas por el mismo tubo que les bombea aire.
La primera vez que uno me lo dijo tardé en entender que me estaba hablando a mí. La segunda vez ya sabía. A la tercera dejé de tener nombre.
El taller queda en el subsuelo de lo que antes era la terminal de ómnibus de Rosario. Los Egixi vaciaron el hall de arriba, sacaron los asientos, los kioskos, los paneles de horarios, y pusieron las líneas de montaje donde antes pasaban los colectivos a Córdoba, a Buenos Aires, a Entre Ríos. Abajo, donde estaban las boleterías y los baños vidriaron, sellaron con poliuretano y armaron los talleres de servicio.
Plomería alienígena le dice Serena, mi compañera de turno. Ellos quizá le dicen laboratorio. Yo le digo la pecera, pero en voz baja, porque el Capataz tiene los sensores finos y la escopeta con muerte azul siempre colgada del caparazón.
A veces, cuando bajo por la escalera al subsuelo, todavía veo las marcas de los carteles. "Boleterías 1-18". "Baños". "Encomiendas". Las letras gastadas bajo la pintura gris que pusieron ellos arriba. Si te agachás y rascás con la uña, sale el celeste original, el de Chevallier, el de Flechabus. Me acuerdo de esa terminal. Mi vieja me traía de chico, cuando viajábamos a Entre Ríos a ver a la tía Mariela. Olor a empanada casera y a diesel de colectivo llegando. Ahora desprende olor a ácido y a metal que crece.
Porque eso es un respirador. Un cilindro de metal orgánico —no pregunten qué significa, es lo que es, metal que crece— con válvulas internas que se abren y cierran al ritmo de la cosa que ellos llaman respirar.
Cuando suena bien: trac-Trác-trac, trac-Trác-trac, parejo, regular, un mecanismo que se mueve rodando en un triángulo. Cuando falla, el sonido se humedece, se vuelve blando, un hígado fuera de la heladera.
Mi trabajo es abrirlo, encontrar la falla, arreglarlo, cerrarlo, devolverlo. Cuarenta minutos por pieza. Ocho unidades por turno. Trescientos veinte minutos con las manos adentro de la garganta de una criatura que no es máquina ni órgano ni nada que podamos nombrar en castellano.
Las manos lo pagan. Después de cinco años de meter los dedos en ácido tibio, la piel se me curtió. Los nudillos se me pusieron rojos primero, después marrones, después de un color gris violáceo que cuando me lavo con jabón no sale. Las articulaciones me crujen con arena adentro. A veces, cerrando un respirador, siento que las manos se me van a desprender de las muñecas. Y la tos. Una tos de perro que me va clavando agujas atrás de los ojos, de respirar cinco años lo que sale de adentro de esas máquinas.
Serena me dice que la secreción de los respiradores tiene un componente que se fija en la queratina. Yo digo que me estoy poniendo del color de ellos. Serena no se ríe. Ella sabe que no es un chiste.
El título tiene cuatro capas y las cuatro son necesarias.
La primera: la que buscás cuando leés por primera vez el título. Decís: Ah, genio. Inteligencia artificial, tecnología. Entrás esperando algo cerebral, frío, con pantallas y código. Y te encontrás al protagonista en el subsuelo de lo que era la terminal de ómnibus de Rosario, con las manos cada vez más violetas de trabajar con ácido, reparando placas de tecnología extranjera que lo trata como si él fuera estaño.
La segunda: los romanos tenían el concepto de genius. No era lo que entendemos hoy. Era el espíritu propio de cada cosa. Cada persona tenía su genius. Cada lugar. Cada objeto. Lo que pulsaba adentro, independientemente de quién lo poseyera.
La tercera: el protagonista es un genio en el sentido liso y llano. Lo ponen adelante de un respirador — tecnología extraterrestre que ningún manual explica, que nadie le enseñó a reparar — y lo aprende solo. A prueba y error. A maña y cuerpo.
La cuarta: los Genius de Apple en Argentina. Los que sueldan tecnología ajena en locales de una corporación que los trata exactamente igual que Timoteo Cucurucho trata al protagonista.
Las cuatro capas son la misma: hay algo que crece solo adentro de todo y que no le pide permiso a nadie para existir. Todavía.