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Desde adentro del trabajo. Rosario, el Paraná, el silencio heredado.
Me llamo Matías Joel Ortiz. Nací y vivo en Rosario, Santa Fe. Laboro nueve horas por día. El resto del tiempo le pego a las teclas hasta que las articulaciones duelen.
Tengo dos libros en competencia: Promesa y Castigo —once herencias malditas del litoral santafesino— y Metal Que Crece, una novela corta que entrelaza seis voces de la Argentina ocupada. Egixi, seis relatos de la ocupación, y El Lomo, siete cuentos del cordón industrial santafesino. En El Lomo, los siete cuentos van de Las Delicias a El Fondero. La pieza que más demora me trajo —y la que más cierra el libro— es La Despostadora: una mujer de sesenta y dos años, despostando para Swift desde 1976. Tengo en mi cajón otra novela terminada: La Religión De Los Diablos. Y otras dos por finalizar: La Criadora y Reina Madre.
Toco el piano. Hago teatro. Leo casi todo lo que encuentro. Tengo hambre de muchas cosas y la cabeza llena de historias por escribir.
La literatura argentina tiene muchas voces porteñas, muchas voces académicas. Yo no vengo de ahí. Escribo ciencia ficción desde mi cuerpo, las herencias malditas las escribo desde mi árbol genealógico. A El Lomo lo terminé de pulir un primero de mayo. Es lo que soy.
El relato continúa.
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