ROSA CARNÍVORA: una ronrisa perlada, una *diva asesina*
Rosa Carnívora no empezó a escribirse en un escritorio rococó de Buenos Aires, con la comodidad de un editor abanicándome y diciéndome que la carne de mi relato ya estaba sazonada. No. Empezó en una nota de mi teléfono, en un sector de la fábrica donde no hay cámaras.
Nueve horas por día encastro chapas de metal. Caparazones, blindajes, piezas que no necesitan de mí y que ahí están. Lo hago en los huecos que deja la producción, con los Capataces atrás mío contándome las costillas, revisando cámaras de vigilancia, buscando cualquier excusa para que me les achique. Yo saco el teléfono y anoto. No porque no estén mirando: porque da exactamente lo mismo. Lo que me salen no son párrafos terminados. Salen a pedazos. Un personaje, un descargo personal, una regla del mundo, una pregunta que si no la bajo ahí se me pierde entre el ruido de la maquinaria comercial.
La nota que arrancó el relato de Rosa Carnívora decía: tipo parecido a Gardel, pero con una cicatriz que le arruina la cara. 35 años. Enamora a Rosa de 22. ¿Explicitar la diferencia de edad? ¿Es lo suficientemente grande para que el entorno mire mal, susurre, busque romperlos?
No lo resolví ese día. Lo resolví turnos después cuando me di cuenta de que mi propio mundo ya respondía la pregunta. En el universo Egixi no hay edad legal. Ni hay consentimiento como institución. Rosa no tiene documento: tiene un número de catálogo. Augusto no tiene treinta y cinco años: tiene una cicatriz que le parte la cara en dos y un diente torcido que ella va a recordar hasta el último párrafo.
Resolver la diferencia de edad fue lo más simple. La pregunta que tardé más en contestar fue: ¿cómo escribís a un personaje cuya capacidad entera surge de lo que le hicieron, sin que el texto diga que esas cosas le tenían que pasar para que ella pudiera existir? Esa es la trampa. Si la protagonista aprende a sobrevivir mientras la violan, aprende a envenenar mientras canta y fabrica su fuerza en el mismo lugar donde le sacan todo, ese personaje tiene una deuda narrativa que es fácil contraer y muy difícil no garpar. Y Rosa, en el final, garpa. No le debe nada a nadie. Ni siquiera al libro.
Pero las notas del teléfono se escriben en los ratos donde no te ven. Donde recursos humanos no llega. Donde sabés que si te encuentran con el celular en la mano te pueden hacer un problema, y en esta Argentina hacerte un problema es hacerte una invitación a la calle con lo mínimo que puedan pagarte. La literatura no da de comer. No da seguridad. No da obra social. Esto se hace porque es un sentimiento que no tiene nombre, pero que si dejás de hacerlo se te pudre adentro. Se hace porque hay un relato de cuarenta y cinco páginas formato libro que no va a existir si yo no lo escribo. Y si no existe, algo le falta al mundo. Aunque el mundo no lo sepa.
Rosa Carnívora es el relato más largo del libro Egixi. Es el arco más completo. La protagonista más compleja. Y es el texto que me costó más versiones, más noches, más veces tirarlo a la basura y más veces sacarlo de vuelta para darle otra oportunidad.
El cuento narra la vida de una mujer que nace sin nombre, a la que le arrancan los dientes a los tres años para reemplazarlos con perlas, que crece como mercancía de lujo dentro de un Templo del Placer administrado por los Egixi. Y que un día les prende fuego. Lo que pasa entre el primer párrafo y el último no pasa porque la protagonista ni yo tengamos ganas: es construcción. Rosa aprende a sobrevivir, después aprende a leer, y aprende a matar. Los tres arcos se superponen, ensucian, contradicen. Aprende a leer mientras la violan. Aprende a envenenar mientras canta. Nada se resuelve antes de que otra cosa se rompa.
El objeto armadura de este relato es el Diavoli Scacciava, o El Rey de las Cincuenta Lenguas. Es el vestido top-tier de la alta moda Egixi, y se lo hacen usar a Rosa. Está confeccionado a base de lenguas humanas que se mueven si detectan humedad: sudor, sangre, lágrimas... y más. Ella lo empezó a usar cuando era mercancía, asco al principio. Lo vistió como herramienta después, se hace famosa. Lo tiene puesto al final: Justicia poética. Está hecho de lenguas reales. Sí. Cito del texto: Cincuenta lenguas reales, disecadas en forma de rosas. Cosidas al pliegue, de un color rojo sin vida, arrancadas de esclavas o de inútiles que se quitaban la vida. A lo largo de la trama el vestido cambia de significado sin cambiar de forma. Eso es lo que tiene que hacer un objeto bien armado: quedarse quieto mientras el mundo de alrededor se va pudriendo.
Augusto no le regala esperanza. Le deja un manual de botánica con fórmulas de veneno escondidas entre las páginas. Le enseña a leer para que pueda fabricar las balas. El amor en este cuento no es el que te salva. Es el que se transmite. Y la transmisión duele.
Lo primero que hice después de quemar el Templo fue contar los cadáveres. Mala costumbre mía. Augusto me la enseñó. Nubes, letras, tiempo robado. Ahora llevo la cuenta, para no derrumbarme.
Noventa y tres Egixi. Nobles en su mayoría. Algunos guardias Capataces. Todos con sus tubos pitando alarmas en la agonía.
Treinta y tres humanas que escapamos. Diecisiete que no salieron.
Los números no mienten. Las personas sí.
Un cuervo mecánico da vueltas sobre las ruinas. Negro y brillante, clava el pico en lo que queda de un Capataz y saca algo gelatinoso del agujero. Lo traga con un chasquido de metal contra quitina. Estos bichos no distinguen entre Egixi y humano. Para ellos, todo es carne. Los llaman penitentes. Los usan para limpiar lo que sobra de los castigos.
Naiara me toca el hombro. Tiene mugre en la cara y sangre seca en el cuello. Le falta el ojo derecho, lo perdió. Pero antes, a los catorce años. Ahora también le falta un trozo de oreja. Esto es nuevo. Se lo arrancó uno de los guardias antes de que ella le abriera la panza con un pedazo de vidrio.
Así es como yo le enseñé.
—¿Estás bien? —me pregunta. Su aliento huele a jaula de pájaro.
Mentí.
No puedo dejar de fijarme en ese pobre ojo.
Un Egixi le metió el dedo en la cuenca hasta que reventó. La castigaron por hervir de más una comida. Por arruinarles el banquete. Eso me lo contó cuando ya éramos cómplices. "El hijo de puta me hizo un favor", dijo orgullosa. "Ahora veo menos, pero entiendo más".
Unos metros atrás, Sahira sentada, sola. Llorando o fingiendo. Durante años dormimos en la misma habitación. Le conté secretos que nunca le dije a nadie. Durante años creí que era mi hermana. Ahora la miro y solo puedo ver la forma de su boca diciéndome: «te estaba alejando de mí». Un océano humeante sube raspando el cielo. Otra vez. Primero fueron las bombas. Después Ellos. Ahora yo. Alguien tiene que quemar las ciudades de vez en cuando. Para que crezcan de nuevo.
***
A los tres años me arrancaron los dientes.
Eso me dijeron. Nada más. Recuerdo el dolor. Y que me sostuvieron entre varios. Mi mamá, una de ellos. Sus manos temblaron apretando mi frente. Me abrieron bien grande la boca con una herramienta. El ruido se me quedó grabado: el chasquido del hueso. Un crujido, una perla. El traficante metía la pinza ignorando los retorcijones. Arrancaba, metía una perla, arrancaba.
Décadas de práctica en cada movimiento. Me llenó la boca de cicatrizante. Un humano. Uno de los nuestros.
Escuché a mi mamá que lloraba sin hacer ruido. Los Egixi no toleran el llanto, dicen que el ruido les lastima los oídos sensibles. Mentira. Les gusta vernos sufrir en silencio.
Las perlas, las vi después. Se metieron bien calientes. Me las empujaron en las encías vacías, una por una hasta que encastraron con un perno en el hueso. Aquel traficante le dijo a mi mamá: "Para que su sonrisa valga más".
Fue la última vez que la vi.
A mí me llevaron. A ella, quizá la mataron. Tal vez la vendieron a alguna de las muchas casas Nobles. Yo ni siquiera sabía hablar.
Eso es la voz de Rosa. No es ninguna víctima. Es alguien que aprendió a medir a su dueño antes de que su dueño terminara de medirla a ella. Me midió el cráneo con un compás. Contó mis pestañas. Cronometró mis parpadeos. Y al final del examen: Apreté las perlas hasta que me dolieron. Él no vio nada.
Hay una escena más adelante que no la muestro acá. Tiene que ver con un abecedario grabado en el cuerpo, con cuervos mecánicos, con la última sonrisa de un hombre que supo desde el principio qué estaba haciendo. No la cuento porque si la cuento ya no existe el libro. Esa escena es el libro.
Hay otra que me gusta más que cualquier cosa que haya escrito. Una mujer con un vidrio en la yugular de la que fue su hermana. Por hoy, te dejo vivir. Pero vas a vivir con esto. Rosa no mata a Sahira. Le deja algo peor: la obligación de saber lo que hizo. Y después la necesita. Esa es la arquitectura moral del cuento: nadie se salva limpio. Ni siquiera Rosa.
El libro se llama Egixi. Seis relatos de la ocupación extraterrestre en Argentina. Cada uno se para solo. Los seis comparten el mismo universo.
Los Egixi: tres amigos se roban un mecha de guerra siguiendo una señal de vida o muerte. Coming of age en un mundo donde crecer es un lujo que no todos se pueden dar. Rosa Carnívora: esto que acabás de leer, la pieza central. Rompe Piernas es la pedagogía del mal: un paralítico en silla de ruedas les quiebra las piernas a los pibes para que no trabajen y tengan tiempo de aprender a leer. Reina Madre: point of view Egixi, las últimas memorias de una madre alienígena que defiende a sus crías hasta la muerte, antes de estrellarse contra la tierra, mientras su cuerpo y su mente se rompen en pedazos. El Tajo: la zona más oscura del libro. Un cubo extraterrestre transforma a quienes lo tocan. Una nena llamada Mía. Su hermano que la mira cambiar, que no puede parar de mirar. Lo que pregunta el relato no es si el hermano tiene los huevos de hacer algo: es si alguien, en su lugar, estaría a la altura de lo que tiene enfrente. Los Túneles: si el relato Los Egixi te dejó en el pecho algo parecido a la esperanza, este relato te llega al final del libro para demostrarte solo una cosa: que la esperanza está más negra que el vacío sideral.
El libro está terminado. Es distinto a todo. Busca editorial.
Llevo más de seis meses sin levantar el culo de la silla. Todos los días. Sin falta. Produciendo, corrigiendo, tirando, reescribiendo. Rosa Carnívora tuvo como siete versiones, y hasta que no encuentre editora sigue bajo la lupa. La primera versión no se parecía a la última ni en la cantidad de personajes. Sahira, que al principio era un croquis, se convirtió en el espejo más traicionero del cuento. Augusto, que era un galán de telenovela al principio, se convirtió en un tipo con intenciones y pasado misterioso, que pasó de parecer que ama a la protagonista a otro que la usó porque tenía planes más grandes que una mujer en la cabeza. Rosa cortándose en el brazo, una letra del abecedario cada vez, con una palabra justa en cada corte, esa escena ya no tiene precio. Y el final, con el Egixi que la compró —El Coleccionista— tirado en el piso, suplicando por su vida, tampoco. Vas a tener que leerlo para saber por qué. Pero para que eso pase, falta. Y yo no tengo ningún apuro. Sigo escribiendo. Hoy, mañana, hasta que me muera.
Por último, el proceso creativo tiene dos compañeros. Uno soy yo frente a la pantalla. El otro es la rubia hermosa que me ceba el mate y cada tanto me trae un helado sin que se lo pida, para que el animal no se olvide de que existe un mundo afuera de estas cuarenta y cinco páginas.
No es poco.
La literatura argentina tiene a muchos escritores que cuentan la opresión desde afuera. Rosa no, Rosa te la cuenta desde adentro del vestido de las cincuenta lenguas. Y cuando sale, canta.
Qua resurget ex favilla.
Cuando resurja de las cenizas.