En competencia Fundación El Libro 2026
Escribiendo La Criadora · Reina Madre
Matias J. Ortiz
Rosario · Santa Fe · Argentina

Matias J. Ortiz

Ciencia ficción especulativa desde adentro de la fábrica.
El universo Egixi existe. Vive en Rosario.

Publicado en: Custodio / Antología Una Sombra Común / Editorial Patas de Cabra · La Granja / Distopía Nébula / Editorial Rubin En competencia: Promesa y Castigo / Fundación El Libro 2026 · Metal que Crece / Premio UPC DE CIENCIA FICCIÓN 2026 Laburante. Escritor. Rosarino.
Rosa — Belleza Purasangre
Sobre un relato Abril 2026

ROSA CARNÍVORA: una ronrisa perlada, una *diva asesina*

Rosa Carnívora no empezó a escribirse en un escritorio rococó de Buenos Aires, con la comodidad de un editor abanicándome y diciéndome que la carne de mi relato ya estaba sazonada. No. Empezó en una nota de mi teléfono, en un sector de la fábrica donde no hay cámaras.

Nueve horas por día encastro chapas de metal. Caparazones, blindajes, piezas que no necesitan de mí y que ahí están. Lo hago en los huecos que deja la producción, con los Capataces atrás mío contándome las costillas, revisando cámaras de vigilancia, buscando cualquier excusa para que me les achique. Yo saco el teléfono y anoto. No porque no estén mirando: porque da exactamente lo mismo. Lo que me salen no son párrafos terminados. Salen a pedazos. Un personaje, un descargo personal, una regla del mundo, una pregunta que si no la bajo ahí se me pierde entre el ruido de la maquinaria comercial.

La nota que arrancó el relato de Rosa Carnívora decía: tipo parecido a Gardel, pero con una cicatriz que le arruina la cara. 35 años. Enamora a Rosa de 22. ¿Explicitar la diferencia de edad? ¿Es lo suficientemente grande para que el entorno mire mal, susurre, busque romperlos?

No lo resolví ese día. Lo resolví turnos después cuando me di cuenta de que mi propio mundo ya respondía la pregunta. En el universo Egixi no hay edad legal. Ni hay consentimiento como institución. Rosa no tiene documento: tiene un número de catálogo. Augusto no tiene treinta y cinco años: tiene una cicatriz que le parte la cara en dos y un diente torcido que ella va a recordar hasta el último párrafo.

Resolver la diferencia de edad fue lo más simple. La pregunta que tardé más en contestar fue: ¿cómo escribís a un personaje cuya capacidad entera surge de lo que le hicieron, sin que el texto diga que esas cosas le tenían que pasar para que ella pudiera existir? Esa es la trampa. Si la protagonista aprende a sobrevivir mientras la violan, aprende a envenenar mientras canta y fabrica su fuerza en el mismo lugar donde le sacan todo, ese personaje tiene una deuda narrativa que es fácil contraer y muy difícil no garpar. Y Rosa, en el final, garpa. No le debe nada a nadie. Ni siquiera al libro.

Pero las notas del teléfono se escriben en los ratos donde no te ven. Donde recursos humanos no llega. Donde sabés que si te encuentran con el celular en la mano te pueden hacer un problema, y en esta Argentina hacerte un problema es hacerte una invitación a la calle con lo mínimo que puedan pagarte. La literatura no da de comer. No da seguridad. No da obra social. Esto se hace porque es un sentimiento que no tiene nombre, pero que si dejás de hacerlo se te pudre adentro. Se hace porque hay un relato de cuarenta y cinco páginas formato libro que no va a existir si yo no lo escribo. Y si no existe, algo le falta al mundo. Aunque el mundo no lo sepa.

Rosa Carnívora es el relato más largo del libro Egixi. Es el arco más completo. La protagonista más compleja. Y es el texto que me costó más versiones, más noches, más veces tirarlo a la basura y más veces sacarlo de vuelta para darle otra oportunidad.

El cuento narra la vida de una mujer que nace sin nombre, a la que le arrancan los dientes a los tres años para reemplazarlos con perlas, que crece como mercancía de lujo dentro de un Templo del Placer administrado por los Egixi. Y que un día les prende fuego. Lo que pasa entre el primer párrafo y el último no pasa porque la protagonista ni yo tengamos ganas: es construcción. Rosa aprende a sobrevivir, después aprende a leer, y aprende a matar. Los tres arcos se superponen, ensucian, contradicen. Aprende a leer mientras la violan. Aprende a envenenar mientras canta. Nada se resuelve antes de que otra cosa se rompa.

El objeto armadura de este relato es el Diavoli Scacciava, o El Rey de las Cincuenta Lenguas. Es el vestido top-tier de la alta moda Egixi, y se lo hacen usar a Rosa. Está confeccionado a base de lenguas humanas que se mueven si detectan humedad: sudor, sangre, lágrimas... y más. Ella lo empezó a usar cuando era mercancía, asco al principio. Lo vistió como herramienta después, se hace famosa. Lo tiene puesto al final: Justicia poética. Está hecho de lenguas reales. Sí. Cito del texto: Cincuenta lenguas reales, disecadas en forma de rosas. Cosidas al pliegue, de un color rojo sin vida, arrancadas de esclavas o de inútiles que se quitaban la vida. A lo largo de la trama el vestido cambia de significado sin cambiar de forma. Eso es lo que tiene que hacer un objeto bien armado: quedarse quieto mientras el mundo de alrededor se va pudriendo.

Augusto no le regala esperanza. Le deja un manual de botánica con fórmulas de veneno escondidas entre las páginas. Le enseña a leer para que pueda fabricar las balas. El amor en este cuento no es el que te salva. Es el que se transmite. Y la transmisión duele.

Lo primero que hice después de quemar el Templo fue contar los cadáveres. Mala costumbre mía. Augusto me la enseñó. Nubes, letras, tiempo robado. Ahora llevo la cuenta, para no derrumbarme.

Noventa y tres Egixi. Nobles en su mayoría. Algunos guardias Capataces. Todos con sus tubos pitando alarmas en la agonía.

Treinta y tres humanas que escapamos. Diecisiete que no salieron.

Los números no mienten. Las personas sí.

Un cuervo mecánico da vueltas sobre las ruinas. Negro y brillante, clava el pico en lo que queda de un Capataz y saca algo gelatinoso del agujero. Lo traga con un chasquido de metal contra quitina. Estos bichos no distinguen entre Egixi y humano. Para ellos, todo es carne. Los llaman penitentes. Los usan para limpiar lo que sobra de los castigos.

Naiara me toca el hombro. Tiene mugre en la cara y sangre seca en el cuello. Le falta el ojo derecho, lo perdió. Pero antes, a los catorce años. Ahora también le falta un trozo de oreja. Esto es nuevo. Se lo arrancó uno de los guardias antes de que ella le abriera la panza con un pedazo de vidrio.

Así es como yo le enseñé.

—¿Estás bien? —me pregunta. Su aliento huele a jaula de pájaro.

Mentí.

No puedo dejar de fijarme en ese pobre ojo.

Un Egixi le metió el dedo en la cuenca hasta que reventó. La castigaron por hervir de más una comida. Por arruinarles el banquete. Eso me lo contó cuando ya éramos cómplices. "El hijo de puta me hizo un favor", dijo orgullosa. "Ahora veo menos, pero entiendo más".

Unos metros atrás, Sahira sentada, sola. Llorando o fingiendo. Durante años dormimos en la misma habitación. Le conté secretos que nunca le dije a nadie. Durante años creí que era mi hermana. Ahora la miro y solo puedo ver la forma de su boca diciéndome: «te estaba alejando de mí». Un océano humeante sube raspando el cielo. Otra vez. Primero fueron las bombas. Después Ellos. Ahora yo. Alguien tiene que quemar las ciudades de vez en cuando. Para que crezcan de nuevo.

***

A los tres años me arrancaron los dientes.

Eso me dijeron. Nada más. Recuerdo el dolor. Y que me sostuvieron entre varios. Mi mamá, una de ellos. Sus manos temblaron apretando mi frente. Me abrieron bien grande la boca con una herramienta. El ruido se me quedó grabado: el chasquido del hueso. Un crujido, una perla. El traficante metía la pinza ignorando los retorcijones. Arrancaba, metía una perla, arrancaba.

Décadas de práctica en cada movimiento. Me llenó la boca de cicatrizante. Un humano. Uno de los nuestros.

Escuché a mi mamá que lloraba sin hacer ruido. Los Egixi no toleran el llanto, dicen que el ruido les lastima los oídos sensibles. Mentira. Les gusta vernos sufrir en silencio.

Las perlas, las vi después. Se metieron bien calientes. Me las empujaron en las encías vacías, una por una hasta que encastraron con un perno en el hueso. Aquel traficante le dijo a mi mamá: "Para que su sonrisa valga más".

Fue la última vez que la vi.

A mí me llevaron. A ella, quizá la mataron. Tal vez la vendieron a alguna de las muchas casas Nobles. Yo ni siquiera sabía hablar.

Eso es la voz de Rosa. No es ninguna víctima. Es alguien que aprendió a medir a su dueño antes de que su dueño terminara de medirla a ella. Me midió el cráneo con un compás. Contó mis pestañas. Cronometró mis parpadeos. Y al final del examen: Apreté las perlas hasta que me dolieron. Él no vio nada.

Hay una escena más adelante que no la muestro acá. Tiene que ver con un abecedario grabado en el cuerpo, con cuervos mecánicos, con la última sonrisa de un hombre que supo desde el principio qué estaba haciendo. No la cuento porque si la cuento ya no existe el libro. Esa escena es el libro.

Hay otra que me gusta más que cualquier cosa que haya escrito. Una mujer con un vidrio en la yugular de la que fue su hermana. Por hoy, te dejo vivir. Pero vas a vivir con esto. Rosa no mata a Sahira. Le deja algo peor: la obligación de saber lo que hizo. Y después la necesita. Esa es la arquitectura moral del cuento: nadie se salva limpio. Ni siquiera Rosa.


El libro se llama Egixi. Seis relatos de la ocupación extraterrestre en Argentina. Cada uno se para solo. Los seis comparten el mismo universo.

Los Egixi: tres amigos se roban un mecha de guerra siguiendo una señal de vida o muerte. Coming of age en un mundo donde crecer es un lujo que no todos se pueden dar. Rosa Carnívora: esto que acabás de leer, la pieza central. Rompe Piernas es la pedagogía del mal: un paralítico en silla de ruedas les quiebra las piernas a los pibes para que no trabajen y tengan tiempo de aprender a leer. Reina Madre: point of view Egixi, las últimas memorias de una madre alienígena que defiende a sus crías hasta la muerte, antes de estrellarse contra la tierra, mientras su cuerpo y su mente se rompen en pedazos. El Tajo: la zona más oscura del libro. Un cubo extraterrestre transforma a quienes lo tocan. Una nena llamada Mía. Su hermano que la mira cambiar, que no puede parar de mirar. Lo que pregunta el relato no es si el hermano tiene los huevos de hacer algo: es si alguien, en su lugar, estaría a la altura de lo que tiene enfrente. Los Túneles: si el relato Los Egixi te dejó en el pecho algo parecido a la esperanza, este relato te llega al final del libro para demostrarte solo una cosa: que la esperanza está más negra que el vacío sideral.

El libro está terminado. Es distinto a todo. Busca editorial.

Llevo más de seis meses sin levantar el culo de la silla. Todos los días. Sin falta. Produciendo, corrigiendo, tirando, reescribiendo. Rosa Carnívora tuvo como siete versiones, y hasta que no encuentre editora sigue bajo la lupa. La primera versión no se parecía a la última ni en la cantidad de personajes. Sahira, que al principio era un croquis, se convirtió en el espejo más traicionero del cuento. Augusto, que era un galán de telenovela al principio, se convirtió en un tipo con intenciones y pasado misterioso, que pasó de parecer que ama a la protagonista a otro que la usó porque tenía planes más grandes que una mujer en la cabeza. Rosa cortándose en el brazo, una letra del abecedario cada vez, con una palabra justa en cada corte, esa escena ya no tiene precio. Y el final, con el Egixi que la compró —El Coleccionista— tirado en el piso, suplicando por su vida, tampoco. Vas a tener que leerlo para saber por qué. Pero para que eso pase, falta. Y yo no tengo ningún apuro. Sigo escribiendo. Hoy, mañana, hasta que me muera.

Por último, el proceso creativo tiene dos compañeros. Uno soy yo frente a la pantalla. El otro es la rubia hermosa que me ceba el mate y cada tanto me trae un helado sin que se lo pida, para que el animal no se olvide de que existe un mundo afuera de estas cuarenta y cinco páginas.

No es poco.

La literatura argentina tiene a muchos escritores que cuentan la opresión desde afuera. Rosa no, Rosa te la cuenta desde adentro del vestido de las cincuenta lenguas. Y cuando sale, canta.

Qua resurget ex favilla.

Cuando resurja de las cenizas.

Hombre Roto — Artista Desconocido, 2026
Sobre un narrador Marzo 2026

LIBERTAD o RESISTIR: la misma historia contada dos veces

Tengo un problema. Un tipo en silla de ruedas me contó su historia dos veces y no me cierra.

La primera vez se la escuché en un relato que se llama Rompe Piernas. Es un cuento del libro Egixi: un paralítico que finge demencia en una cantera de trabajos forzados, que tiene una cuadrilla de los que no laburan. Les rompe las piernas a los pibes para que no puedan trabajar y tengan tiempo de aprender a leer. Un viejo ciego le enseñó la primera palabra. Él se la guardó como te guardás un golpe. Después la enseña. Después multiplica. Esa es la versión limpia. La versión que te deja salir del libro pensando que la resistencia tiene un método, que el dolor tiene un sentido, que romperle la pierna a un nene de nueve años puede ser justificado como un acto de amor.

La segunda vez la contó dentro de Metal Que Crece. Mismo tipo. Misma silla. Misma cantera. Pero esta vez está escribiendo. No hablando: escribiendo. Tipea con un dedo, mirando el teclado, porque el otro no le cierra. Se le acaba el generador. Le tiemblan las manos. Y lo que escribe no coincide con lo que contó la primera vez.

No estoy hablando de una contradicción chica.

En Rompe Piernas, el viejo Atanasio le enseña LIBERTAD. La traza en el polvo con un hueso. Le dice: no la digás en voz alta. Sopla. Las letras desaparecen. LIBERTAD. Una promesa.

En Metal Que Crece, el viejo Atanasio le enseña RESISTIR. Se la escribe en la palma de la mano con el dedo. Le dice: no es una palabra, es una orden. Cierra los ojos y no los vuelve a abrir. RESISTIR. Un mandato.

¿Cuál dijo? ¿Cuál es la posta? ¿O el narrador la cambió según quién iba a leerlo?

Porque eso es lo que hace un narrador no confiable: edita su propio testimonio. No miente: elige. Elige qué porción de la verdad necesita el que viene después. LIBERTAD es para el que todavía tiene esperanza. RESISTIR es para el que ya no. Las dos son ciertas y son mentira.

Esto lo escribo también porque Juanchito me lo pidió. No con esas palabras. Con las que tiene el que aprendió a leer mirando el polvo. Me dijo: escribí lo que hicimos. Para que no se pierda.

El método lo armé antes de Juanchito. Él fue el primero pero el método vino de lo que me enseñó Atanasio, que era: nada que no tenés cómo guardar se puede enseñar. Que si le enseñabas al pibe a leer en el piso, en la tierra, en el polvo, lo que le enseñabas era que las letras se iban. Que lo que dura tiene que estar en algo que dure.

Así que empecé con las chapas.

Antes del quiebre: Julián marcaba una chapa. Una sola letra. La que iba a ser la primera. El pibe no la elegía, nosotros elegíamos por él, por lo que veíamos. Con Juanchito fue la J. Julián grabó la J con el clavo, despacio, en la chapa de hierro que colgaba del tercer gancho. El ruido del metal sobre metal se escuchaba en todo el búnker.

Después la piedra. Después Julián. Después el grito que la madre tapaba.

Y cuando el pibe dejaba de temblar, la chapa.

Se la mostraba yo. No la entregaba. La clavaba en la pared donde él la pudiera ver desde donde estaba acostado. Sin decir nada. Él la miraba. A veces preguntaba qué era. Le decía: tu primera letra. No la repetía esa noche. No había necesidad.

La chapa se queda en el búnker. Eso es la regla. No es del pibe, es del lugar. Cuando el pibe aprende a leer y a escribir lo que sabe, la chapa no viaja con él. Viaja lo que aprendió.

Las chapas acumuladas en la pared del fondo son una por pibe. Julián las hizo todas. Con el mismo clavo, con el mismo ruido, con esas manos que cuando hacen algo lo marcan bien fuerte.

Después de Juanchito vino La Polenta, doce años, memoria que avergonzaba. La Poca, muy callada, que copiaba diagramas de memoria. Rodrigo Ezequiel Martínez Benavídez, completo, cada vez, el nombre como lo único que tenía y no estaba dispuesto a recortar. Leía más rápido que yo a los dos meses.

Las madres venían de noche. Las que entendían que lo que apostaban era más largo que su propia vida. Dejaban a los pibes. No todas lloraban. Las que preguntaban: ¿va a estar bien? Yo decía: va a estar diferente. Eso era lo verdadero.

Las chapas en la pared del fondo. Letras grabadas con clavo. Si la Vieja Del Agua encuentra el búnker y llega hasta el fondo y las ve, no va a entender qué son.

Ese fragmento es de Metal Que Crece. No existe en Rompe Piernas. Las chapas no aparecen en la versión standalone. Ni las madres de noche. Ni "va a estar diferente". Ni Rodrigo Ezequiel Martínez Benavídez con su nombre completo que no estaba dispuesto a recortar. En Metal Que Crece, la Vieja del Agua es la Capataz que está persiguiendo una cosa toda la novela y al final sí, encuentra. No encuentra lo que estás esperando.

En Rompe Piernas el tipo te narra el método como un estratega. Si no camina, no trabaja. Si no trabaja, tiene tiempo. Si tiene tiempo, aprende. Una ecuación. En Metal Que Crece, el de la silla te cuenta el mismo método pero ahora lo ves escribiendo las INSTRUCCIONES a las tres de la mañana con un generador que se apaga. No suena como un estratega: es un tipo justificando lo que hizo ante alguien que todavía no tiene en frente. Y los testamentos son la forma más vieja de la literatura no confiable. El muerto te dice lo que quiere que te acuerdes.

Hay otra diferencia que no puedo esquivar. En Rompe Piernas, abajo del búnker hay una bomba. Una MOAB. Una Chekhov's Gun, o arma de Chéjov como se conoce en el ámbito literario. Si la prenden, revienta todo en cien kilómetros. Ellos incluidos. Suicidio colectivo. Juanchito le dice: no es victoria, pero es una forma de no perder. En Metal Que Crece no hay bomba. Hay un jammer — un aparato que les revienta a todos los oídos veinte minutos. Ceguera y sordera, no harakiri. Una ventana, no un final.

¿Cuál encontraron? ¿Una bomba que el narrador achicó para no asustar al que viniera después? ¿O un jammer que el narrador infló a bomba para que la historia pesara más?

No lo vamos a saber hasta que no estemos ahí. Lo que decidí es que el lector tenga las dos versiones y no pueda confiar en ninguna.

La palabra que elijo cuando escribo esto es deliberado. Rompe Piernas es un relato de mi libro Egixi, no tiene editorial, no está publicado en ningún lado. Metal Que Crece es una novela corta que está compitiendo en el Premio UPC de Ciencia Ficción Miquel Barceló 2026, donde ese mismo narrador vuelve con otra voz, otro tono, otras palabras. La contradicción es el punto.

LIBERTAD o RESISTIR. Las dos se escriben en el polvo. Las dos se borran cuando soplás.

Circuito electrónico — Genius
Sobre un relato Febrero 2026

Genius: cuatro capas y un cucurucho de dulce de leche

Cuando estaba escribiendo Genius tenía hambre. Hambre real, de las nueve horas de jornada y el cuerpo que no alcanza a reponer. Me imaginé a mi novia dándome bochas de dulce de leche gratis, una detrás de otra, sin preguntar. Un cucurucho infinito. Eso no está en el cuento pero está en el cuento.

Imaginate arreglarles los respiradores a estos bichos y cuando vas a preguntar por qué no mandan a un técnico de ellos, te responden: "Es que está demasiado ocupado comiendo helado". A nuestro protagonista eso le pica durante todo el relato. Pero sigue. En las primeras versiones el patrón se llamaba Timoteo Cucurucho, una alusión a Tim Cook. El patrón con apellido de vasito de helado. Me daba gracia. Pero el cuento creció y el chiste se quedó chico. Ahora se llama H. Peralta. Apellido de los que heredan empresas y nunca usaron guantes. Ni siquiera es Egixi: es humano. Un coordinador con oficina donde antes estaban las boleterías, que escribió COORDINACIÓN HUMANA con fibrón negro sobre una chapa. La C le salió torcida. Es peor que Cucurucho, eso era caricatura. Peralta es el tipo que ya conocés. Nuestro narrador —el que trabaja, aprende, transpira— no tiene nombre aristocrático. Tiene las manos.

Me llaman cuando un respirador falla. Me da bronca, porque podrían llamar a un técnico de los suyos. Siempre pregunto y me dicen lo mismo: que está ocupado “comiendo helado”.

No sé si es un chiste. Nunca entendí el humor de ellos. Puede que no tengan. Pero cada vez que lo dicen me pica algo en la nuca, una cosita chiquita, un grano que apretás y no sale.

No me llaman por nombre. Me llaman por función: “técnico”. En el idioma de ellos no existe la palabra, usan una cosa que suena: “reparar-persona”, dos sílabas escupidas por el mismo tubo que les bombea aire.

La primera vez que uno me lo dijo tardé en entender que me estaba hablando a mí. La segunda vez ya sabía. A la tercera dejé de tener nombre.

El taller queda en el subsuelo de lo que antes era la terminal de ómnibus de Rosario. Los Egixi vaciaron el hall de arriba, sacaron los asientos, los kioskos, los paneles de horarios, y pusieron las líneas de montaje donde antes pasaban los colectivos a Córdoba, a Buenos Aires, a Entre Ríos. Abajo, donde estaban las boleterías y los baños, ellos vidriaron, sellaron con poliuretano y armaron los talleres de servicio.

Plomería alienígena le dice Serena, mi compañera de turno. Ellos quizá le dicen laboratorio. Yo le digo la pecera, pero en voz baja, porque el Capataz tiene los sensores finos y la escopeta con muerte azul siempre colgada del caparazón.

A veces, cuando bajo por la escalera al subsuelo, todavía veo las marcas de los carteles. “Boleterías 1-18”. “Baños”. “Encomiendas”. Las letras gastadas bajo la pintura gris que pusieron ellos arriba. Si te agachás y rascás con la uña, sale el celeste original, el de Chevallier, el de Flechabus. Me acuerdo de esa terminal. Mi vieja me traía de chico, cuando viajábamos a Entre Ríos a ver a la tía Mariela. Olor a empanada casera y a diesel de colectivo llegando. Ahora desprende olor a ácido y a metal que crece.

Porque eso es un respirador. Un cilindro de metal orgánico —no pregunten qué significa, es lo que es, metal que crece— con válvulas internas que se abren y cierran al ritmo de la cosa que ellos llaman respirar.

Cuando suena bien: trac-Trác-trac, trac-Trác-trac, parejo, regular, un mecanismo que se mueve rodando en un triángulo. Cuando falla, el sonido se humedece, se vuelve blando, un hígado afuera de la heladera.

Mi trabajo es abrirlo, encontrar la falla, arreglarlo, cerrarlo, devolverlo. Cuarenta minutos por pieza. Ocho unidades por turno. Trescientos veinte minutos con las manos adentro de la garganta de una criatura que no es máquina ni órgano ni nada que podamos nombrar en castellano.

Las manos lo pagan. Después de tanto meter los dedos en ácido tibio, la piel se me curtió. Los nudillos se me pusieron rojos primero, después marrones, después de un color gris violáceo que cuando me lavo con jabón no sale. Las articulaciones me crujen con arena adentro. A veces, cerrando un respirador, siento que las manos se me van a desprender de las muñecas. Y la tos. Una tos de perro que me va clavando agujas atrás de los ojos, de respirar cinco años lo que sale de adentro de esas máquinas.

Serena me dice que la secreción de los respiradores tiene un componente que se fija en la queratina. Yo digo que me estoy poniendo del color de ellos. No se ríe. Ella sabe que no es un chiste.

Aprendí solo. Sin manual. Sin instructor. Los Egixi no te enseñan: observan. Cuando entré me pusieron un respirador roto adelante, herramientas que parecían pinzas de dentista diseñadas por alguien que nunca vio un diente, y me miraron. Me miraron con esos sensores que se mueven como ojos de camaleón, y esperaron, a ver qué hacía.

Tardé tres días en abrir el primero sin romperlo. Dos semanas en entender las válvulas. Un mes en hacer mi primera reparación completa. El Capataz que me supervisaba —uno de caparazón oscuro, casi pulido a negro, con las placas rajadas en el hombro— asintió una vez. Fue el gesto más parecido a un elogio que recibí en años de ocupación.

El título tiene cuatro capas y las cuatro son necesarias.

La primera: la que buscás cuando leés por primera vez el título. Decís: Ah, genio. Inteligencia artificial, tecnología. Entrás esperando algo cerebral, frío, con pantallas y código. Y te encontrás al protagonista en el subsuelo de lo que era la terminal de ómnibus de Rosario, con las manos cada vez más violetas de trabajar con ácido, reparando placas de tecnología extranjera que lo trata como si él fuera estaño.

La segunda: los romanos tenían el concepto de genius. No era lo que entendemos hoy. Era el espíritu propio de cada cosa. Cada persona tenía su genius. Cada lugar. Cada objeto. Lo que pulsaba adentro, independientemente de quién lo poseyera.

La tercera: el protagonista es un genio en el sentido liso y llano. Lo ponen adelante de un respirador —tecnología extraterrestre que ningún manual explica, que nadie le enseñó a reparar— y lo aprende solo. A prueba y error. A maña y cuerpo.

La cuarta: los Genius de Apple en Argentina. Los que sueldan tecnología ajena en locales de una corporación que los trata exactamente igual que H. Peralta trata al protagonista.

Las cuatro capas son la misma: hay algo que crece solo adentro de todo y que no le pide permiso a nadie para existir.

Río Paraná — Mediomundo
Sobre un relato Febrero 2026

Mediomundo: lo que no se puede tirar

La red salió pesada. Cuatro palabras. Sujeto, verbo, adjetivo. Sin ornamento. El narrador de Mediomundo no anuncia, no prepara, no pide permiso: tira la red y arranca. Ese es el tono. Ese es el pacto.

Lo que sigue es una historia de trasplante —de isla a ciudad, de río a fábrica— narrada desde adentro de un cuerpo que todavía no aprendió a vivir el cemento. El narrador no tiene nombre: es el nuevo, es el pescador para sus compañeros de planta. La identidad es siempre lo que te nombran los demás. Apodo como bautismo.

Y lo que heredó es esto: un aro de hierro cromado, oxidado, húmedo. Un mediomundo. La herramienta de pesca que muestra el futuro cuando le cae sangre. No la sangre de cualquiera: la propia. La que uno derrama despacio, sobre el metal, como quien firma.

La red salió pesada. Tiré. Mi lomo crujió. Les pegué con el remo. El ruido sordo. Dejaron de moverse. Agarré el facón y les abrí la panza. Tripas brillando. Tiré al agua. La sangre chorreó por los dedos, cayó sobre el mediomundo.

Y vi.

Vi a un nene chiquito y arrugado. En una cuna de hospital. Mis manos poniéndole algo con óxido en el pecho, color cromado.

Después nada.

Me agarré la cara. Me toqué el tajo de la cicatriz. Los dedos me olían a tripa.

—Voy a tener un gurí. La puta madre.


Sangre de escama en fierro tibio. Dedos grandes sobre mano chica. Metal sobre pecho. Latido nuevo.

El mediomundo muestra. Lo hace cuando le cae sangre. Sangre de pescado, de persona, de lo que sea. A veces, solo pocas, te muestra lo que viene. No sé por qué. Ni cómo anda eso. Pero es así. Siempre.

Matungo me enseñó a leer el agua.

Fue una tarde de invierno. Yo era gurí, él ya estaba viejo. Se paró en la canoa. Un agujero le comía la frente, de cuando le tiraron con escopeta y no lo mataron.

Estábamos en el muelle. El río quieto. Los sauces reflejándose.

—Mirá —dijo señalando un punto donde el agua hacía un remolino chico—. Ahí hay bagre. Amarillo. Grande.

—¿Cómo sabés?

—Porque el agua te muestra. Si sabés mirar.

Tiró la línea, esperó. Dos minutos. Sacó un bagre del tamaño de mi brazo.

Me miró la boca. Los ojos hundidos. Cansados.

—Algún día te voy a mostrar otra cosa —dijo—. Y hay que ser precavido con lo que muestra.

Ni idea qué decía. Yo era gurí. Tardé años en entender.

El día que se hundió yo estaba en el muelle. Ya de grande. Vi la canoa alejarse. Matungo se paró. Lo vi saltar. La mano levantada, saludando.

Después el agua se lo tragó.

Nunca salió a flote.

La caja siempre volvía a la puerta de mi rancho. Cerrada. Con el candado roto. Y adentro, el caño de mediomundo, todavía húmedo.


Noelia se llama.

No Jesica. Noelia. Así le puso la madre. Así le digo yo.

La conocí en Victoria. Ella trabajaba en un kiosco cerca del puerto. Yo iba a vender pescado. La vi. Me vio. Un día le hablé. Otro día me habló ella.

No es linda. Tiene la nariz torcida y los dientes chuecos. Pero tiene algo. Una fuerza que te tira.

Dijo que quería irse de allá. Quería otra cosa. No sabía qué, pero algo distinto.

—¿Y vos? —me preguntó una noche. Estábamos en el rancho. Ella mirando el techo de chapa—. ¿No querés otra cosa?

—No sé qué querer.

—Eso es triste. Tenés que querer.

—Capaz.

Se quedó mirándome. Se calló. Después se dio vuelta y me miró otra vez.

—Estoy embarazada.

La primera versión de este cuento se caía a pedazos en ese punto. En el embarazo, en la herencia anunciada. No me convenció. Lo que me picaba a mí —no era si el mediomundo muestra el futuro, y los personajes no saben cómo pelear contra eso— era si lo que te muestra será verdad o mentira. ¿Qué elegís creer cuando te cuentan algo? Si la imagen que te ofrecen es tan nítida que ni siquiera sospechás: ¿no será que hay en el fondo una cosa oculta?

Entonces el cuento creció. Se fue a Rosario. Se metió en una fábrica de autopartes. El narrador dejó el río, dejó la canoa, dejó el olor a barro y se puso a operar una fresadora nueve horas por día. Aprendió a vivir con el ruido de una máquina que no cambia nunca, no se mueve con el viento ni con la lluvia, que tapa todo lo que tenías adentro hasta que dejás de escucharlo. Y cuando dejás de escuchar, la máquina aprovecha.

Hay un momento en el cuento donde la fresadora le agarra el guante. Le roza los nudillos. Tres líneas rojas. Sangre. Y él no piensa en la fábrica: piensa en Lucas, el hijo de Matungo, el que se ahogó con una moneda apretada en el puño. Esa conexión es una vértebra del relato.

Lo que también creció fue Noelia. En la versión vieja era la mujer que nada más porta el embarazo. Ahora es la que pelea. La que dice: Acá no hay hospital, no hay escuela, no hay nada. ¿Querés que el nene nazca acá? La que reza con un rosario apretado en la mano. Que tiene un corte en la palma que dice que es de pelar bagre. La que te pone en la encrucijada. Decidí —me dijo— El nene o la isla. Noelia ya no es un personaje secundario. Es la fuerza que empuja contra la maldición. No gana. Ni pierde. Se planta.

Y después, el narrador hizo algo que haríamos vos o yo si descubriéramos que tenemos una tarantula en un brazo. Agarró el mediomundo y lo tiró a la mierda. Pero cuando el protagonista llega al departamento vacío, ahí está: en la esquina del comedor, cromado, oxidado, húmedo, con barro del Paraná pegado todavía. No se puede tirar. No se puede escapar. Matungo lo intentó con Lucas. No pudo. Yo lo intentaría con Tomás. Tampoco voy a poder.

Hay un relato adentro del relato que no se cuenta con palabras. Son intrusiones, cuatro relámpagos escritos como latidos del fierro. Sangre de escama en fierro tibio. Dedos grandes sobre mano chica. Después: Fierro frío. Sangre vieja. Trenza de cuero mojada. Son la voz del objeto. Son el metal contando lo que sabe en un idioma que elude verbos.

El final no cierra. Clausura, sí: el narrador toma una decisión. Pero no resuelve la pregunta. Los dedos chiquitos se cerraron alrededor del metal. Tomás tiene días de nacido y ya está sosteniendo lo que lo va a perseguir. El narrador le pasa la mano por la cabeza —el mismo gesto que Matungo le hizo a él— y la nuca le deja de arder. ¿Eso es condena o es amor? ¿Es transmisión o es la única forma que conoce de decir: esto es tuyo, es lo que somos?

El relato no lo dice. Lo que Noelia calla es lo más importante y lo vas a tener que responder vos. Lo vas a tener que leer.

Esto está fuera de Promesa y Castigo. Es un relato que llegó tarde, con el libro ya cerrado. Y como ningún manuscrito cae en saco roto, voy a estar presentándolo en algún concurso de este año junto a una colección de cuentos, no como el candidato que pisa más fuerte, ése se llama Fierro. La herencia se sigue propagando, ahora toma voz propia. Llegó al siglo XXI. Llegó de la isla a Rosario. Llegó a la fábrica. Se adaptó. Y sigue. En Cochambre Tato le pega a La Piba Carmina. En Belcebú el abuelo Negro dice que a las mujeres hay que tenerlas cortitas. En Mediomundo el narrador no sabe si está salvando a su hijo o marcándolo. No sabemos dónde la herencia mintió o dijo la verdad. Esa cadena es más poderosa que cualquier objeto maldito.

Escritura a mano — proceso
La Ortiga Febrero 2026

Promesa y Castigo: cómo se escribe un libro que te asusta

Promesa y Castigo empezó con un solo cuento: La Ortiga. Lo llevé a mis compañeros de Editorial Patas de Cabra y me dijeron que les traía recuerdos de "El Sur" de Borges. Semanas antes yo había encontrado ese cuento y me rompió la cabeza —nunca me había gustado Borges y de repente lo amaba—. Me dijeron que La Ortiga estaba para presentar en algún concurso: no me lo tomé en serio. ¿Era ese u otro? Lo que sí sé es que La Ortiga llegó como un manuscrito crudo, lleno de grasa, con voz impostada y errores graves. Pero la idea estaba.

Lo rompí. Lo armé de nuevo. Le pasé la amoladora. Lo volví a pulir. Le puse voz matrera y textura al gaucho, les regalé un perro, cerré los agujeros con soldadura. Solo mi novia sabe cuántas horas silla-culo durante meses llevo trabajando en mis escritos. Cuando más o menos lo tenía, con mucha vergüenza se lo mostré a mi familia. Mi hermana se lo leyó a mis viejos en voz alta.

Les dejo esto como testamento.

Cuando el más viejo de la familia habla, hasta los gurises se callan y escuchan. Escúchenme.

Lo que les voy a contar no es cuento ni disparate de viejo. Es advertencia. Es verdad. Es lo que pasó en la tierra que les heredo. La tierra que bauticé como La Ortiga.

Esa tierra está maldita.

Y si alguno de ustedes la quiere, va a tener que pelear. Porque hay otro que la reclama. Uno que murió hace mucho pero que no se fue. Uno que enfrenté yo cuando era joven. Y va a volver cuando ustedes sean grandes.

No vaya nunca la sangre mía a pelearse entre sí por ese pedazo de tierra. Más bien, van a tener que fortalecerse antes de habitar. Y reclamar a nombre suyo, a fuerza de facón o férrea voluntad. Porque es nuestro. Porque el campo de La Ortiga no es solo campo. Es promesa y castigo.

***

Yo nací en una de esas casas con frente a medio construir: patio de barro, chapas mediante con los vecinos. Papá solía azotarme con la hebilla del cinturón cuando me ponía a cazar palomas con la gomera. No quería que yo ande por ahí haciéndome el indio. Decía que toda vida es sagrada.

Con mis hermanas íbamos a la escuela, cruzando los rieles con el mate cocido en la panza. Ni pateábamos piedras para cuidar las zapatillas. Mi vieja amasaba los guardapolvos en un agua espesa y cuando te lo calzaba pesaban como armadura. A la tardecita, especialmente en días de lluvia, salíamos con una bicicleta a vender torta frita por el barrio.

Esa infancia se terminó.

A los trece, ya cruzaba la vía engrasado hasta las mangas, con el perfume ácido del líquido refrigerante en todo el cuerpo. Una fábrica con cuatro tornos, fresadoras y cosas de herrería. Me recomendó un amigo de mi tío Chacho.

El dueño de la fábrica era un viejo de cabellos marmolados, la cara cuatreada, flaquito como palo de escoba. Le temblaban mucho las manos. Mucho. Me enseñaron que uno no debe de andar discriminando a la gente, pero a este viejo no sé cómo le daba la cara para seguir trabajando así. Yo tenía miedo de que en uno de esos tiros se le resbalase la máquina y me cortara limpitos los dedos.

Un día, el viejo y yo estábamos haciendo herrería. Él cortaba. Yo sostenía. Me dijo que sostenga el fierro. Yo lo agarré con las dos manos. El hierro pesaba. Estaba muy frío.

Encendió la amoladora y el ruido llenó el taller. Las chispas saltaron.

—Sostenelo firme —me gritó.

Sostuve. Y el viejo cortó.

Las manos del viejo siempre temblaban. Yo lo sabía. Todos lo sabían. Y la máquina se resbaló.

Vi la cuchilla ir hacia los dedos. Intenté soltar. No llegué. No sentí dolor de inmediato. Vi los dedos en el piso. Cuatro. Separados de mí. Todavía se movían. Separados de la mano. Me bajó la presión. El olor de mano chamuscada parecía de otro.

Índice. Mayor. Anular. Meñique.

Después llegó el dolor. Fuego en la mano, como metida en brasas. Grité.

El viejo apagó la máquina. Me miró con los ojos grandes. Tenía la cara blanca. El líquido refrigerante se mezclaba con la sangre en el piso.

Después el mundo se apagó.

***

Compramos un pedazo de tierra en las afueras de Entre Ríos, a unos treinta kilómetros de Paraná. Contraté dos peones que me ayudaban con la carretilla, las piedras y la arena. Yo mezclar podía, llevar cosas y martillar podía. Y mientras tanto, La Magdalena se hacía en el fondo un jardín lleno de helechos y flores.

Terminé los cimientos. Hice la tranquera. Los ojos celestes de mi mujer sacaron lustre al ver terminado el cartel: le pintamos el nombre con letra linda, grandote y en color blanco. La Ortiga. Esa planta que si por descuido te la llevás por delante te pica hasta donde el sol no llega. Ella comiendo un pedazo de queso se reía.

Y así quedó. Hasta un perro encontramos. Llegó del monte. Cuzquito marrón, costillas marcadas, le faltaba una oreja. Lo encontramos temblando entre los yuyos. El perro no se despegaba de nosotros. Dormía en la puerta. Nos seguía a todos lados. Lo llamamos Beto, por el músico sordo. Aunque en realidad el perro eligió su nombre: respondía a Beto y a nada más. Como si ya lo hubiese tenido antes de llegar a la casa.

Los animales empezaron a actuar raro cuando la casa estaba casi terminada. Todavía faltaba el techo y una pared. Yo cargaba ladrillos con el muñón vendado. Dolía pero trabajaba igual. La Magdalena estaba en el jardín. Plantaba helechos. Las gallinas dejaron de picotear. Quedaron quietas. Todas mirando hacia el mismo lado. Hacia el monte. El caballo relinchó. Una vez. Después quedó mudo.

Mi mujer levantó la vista.

—¿Sentís eso?

—¿Qué cosa?

—Alguien mira.

Miré hacia el monte. No vi nada. Solo árboles y sombras. Pero sentí helada la nuca. Y un olor a líquido refrigerante. Como el de la fábrica.

Los sueños no me dejaron dormir. La Magdalena me contó después que hablaba dormido. Yo no sabía. Que decía cosas en un idioma que ella no sabe. Que una noche grité "¡la mano!" y me desperté rascándome. Rascaba aire.

Me quedé mirando por la ventana. El Beto empezó a gruñir. Bajito. Desde el fondo del pecho. Nunca lo había escuchado gruñir así. Estaba parado en la puerta, mirando hacia el monte. El pelo del lomo erizado.

Y lo vi. Una silueta, merodeando por los troncos de los árboles. Finita. Con sombrero. Parada. Mirando la casa. Agarré el facón y salí con el pecho descubierto. Ya no había nada.

A la mañana siguiente, en la tierra frente a la tranquera había marcas. Huellas de caballo. Frescas.

Esa tarde, estaba meando detrás del rancho cuando escuché ruido de agua. Alguien meando del otro lado del árbol. Me asomé.

Ahí estaba. Un gaucho. Sombrero ladeado. En el cinto, algo que brillaba. Un facón. Terminó de mear. Se sacudió. Se acomodó el pantalón. Me miró.

—Güen día pa regar la tierra, ¿no te parece?

***

La lluvia seguía. El barro me frenaba. El caballo iba despacio. Yo lo espoleaba. Pensaba en el changuito. En La Magdalena. En la fiebre.

Y entonces lo vi. Parado en el medio del camino. El gaucho. Cara cuatreada, casi sin piel. Los ojos hundidos. Las encías negras.

El caballo se paró en seco. Relinchó. Yo intenté calmarlo pero se empacó. Se dio vuelta. Trastabilló. Caímos los dos al barro.

Me levanté. El tordillo intentó pararse conmigo pero no pudo. Tenía la pata torcida.

El gaucho se acercó despacio.

—Lindo pago pa un mocoso —dijo.

El aliento podrido me dio un chirlo.

—¿No te parece que andai en tierra ajena chango?

No contesté. Me quedé clavado en el barro. Mirándolo a los ojos.

—¿Aemá e manco so sordo vo?

Les comparto fragmentos. Está todo cortado, como la mano del protagonista. La cosa va escalando. El animal lo ayuda, la mujer lo ayuda, pero es él quien tiene que agarrar la posta y enfrentar.

El libro fue creciendo alrededor de ese primer corte, relato por relato, hasta llegar a once. Que hay cosas que recibís sin pedirlas. Que el cuerpo recuerda lo que la cabeza descarta. Que algunas familias se pasan el daño de generación en generación con la misma precisión que una receta de cocina.

Cuando lo mandé a Fundación El Libro tenía 130 páginas en A4 — unas 200 en formato libro real, con márgenes y tipografía de libro de verdad. Once relatos que no se conocen entre sí pero que respiran el mismo aire. Juro que nunca planeé que fueran once. Juro que no sabía que era un libro hasta que lo fue.

Ahora está en manos del jurado. No sé qué hacer con eso.

Tunel oscuro — Los Tuneles
Final de libro Febrero 2026

Los Túneles: el último relato del libro Egixi

Un libro de relatos necesita un final que justifique todo lo que vino antes. Si das un resumen, aburrís. Si das un cierre prolijo, secás. Tenés que terminar las cosas con algo que deje al lector en un lugar distinto al que estaba cuando empezó.

Los Túneles es ese relato. Y cumple. Lo que pasa abajo —literalmente abajo, en la estructura subterránea de la argentina ocupada— es lo que pasa en todos los demás relatos pero sin la capa de normalidad encima. Sin los caparazones. Sin los respiradores. Sin los escopetazos de muerte azul. Solo lo que queda cuando sacás todo lo que los Egixi pusieron arriba.

La luz era un privilegio para otros.

Fuego, a veces. Cuando conseguían quemar algo que no fuera necesario para otra cosa. Casi nunca. La mayor parte del tiempo los cuerpos se arrastraban en una oscuridad grasa, reconociéndose mejor por el olor y el ruido.

Estaba en la esquina donde siempre estaba.

Tenía la boca abierta. Un hilo de baba le colgaba del labio. Resbalaba hasta las costillas. Los ojos flotaban, moviéndose lentos de un lado a otro, siguiendo cosas que los demás no tenían tiempo para ver.

En el centro de su cueva la olla hervía. Adentro flotaba lo que fue un animal, ahora deshecho, mezclado con barro y agua que habían juntado de las filtraciones.

El padre revolvía con un palo. Hombros hundidos, lomo doblado de tanto arrastrarse por túneles que no estaban hechos para hombres erguidos. Los ojos fijos en la olla. La boca cerrada.

La madre estaba sentada contra la pared húmeda, los ojos fijos en ninguna parte, las piernas abiertas, porque nadie le había dicho que las cerrara. Le pusieron un trapo encima pero se le había corrido. Movía la lengua como si tuviera un requecho de comida atorado entre los dientes.

Hablaba con las paredes. Las veces, las muy pocas veces que volvía, miraba a su alrededor con los ojos que pondría cualquiera que despertase en un lugar tapiado:

—Raúl… Raúl… ¿Dónde están los nenes?

Y entonces veía dónde estaban. Veía en qué se había convertido todo. Y se iba de nuevo. Hundiéndose en ese lugar dentro de su cabeza donde nada de esto existía.

La abuela le pasó al nieto un trapo húmedo. Él no la miró, pero lo agarró y se lo puso en la cara, y se mantuvo así, con el trapo contra la boca y la nariz, respirando eso que era casi agua, casi limpio.

Solo la vieja lo tocaba sin que fuera para lastimarlo o para usarlo. La única que aún le decía las cosas, que hacía de cuenta que él entendía.

—Comé —dijo el padre.

No le estaba hablando a nadie en particular.

Todos fueron a la olla.

Cuervo, el hermano de Satánico, fue el primero. Los dientes negros, le faltaban tres. Agarró el plato de lata que compartían y hundió, sacó un pedazo que chorreaba, y comió con la boca abierta, mirándolo mientras masticaba.

—¿Qué mirás, Satánico? —dijo, y se rio con la boca llena—. ¿Querés que te dé de comer en la boca como a los perritos?

Satánico ni se movió. Apretó el trapo más fuerte. Se hizo chiquito en su rincón.

La encontró cerca del agujero.

El agujero era su secreto. Un quiebre en la roca, al final de un túnel que nadie usaba porque no llevaba a ninguna parte. Había ido muchas veces, tenía tiempo de ir, porque no lo dejaban salir de cacería con Padre y Cuervo.

Ahí el aire era distinto. Venía por el túnel. No sabía qué era. No podía imaginarlo. Intuyó que sí, porque ese aire no olía a mierda, ni a cuerpos con costras, ni a barro podrido.

La Iguana estaba tirada al lado del agujero, medio muerta, con una pata rota. Se había caído. La vio mucho tiempo. Quieto. No preguntó qué era. Piel áspera. Ojos que no pestañeaban. Solo asombro.

La tocó. Distinguió la sangre. Estaba muy fría y se movió apenas, un temblor, un intento de huir que no llegó a ningún lado. La levantó con las dos manos y se la llevó contra el pecho y volvió arrastrándose por el túnel, protegiéndola con su cuerpo de las piedras que sobresalían.

Tampoco supo que se llamaba Iguana, ni que venía de un mundo con árboles y con cielo. Que era suya. Que llegó de arriba, por el agujero. Que estaba viva y que él podía mantenerla así.

Cuando llegó la escondió en un hueco atrás de las piedras, en su esquina. Le daba pedazos de lo que conseguía. Larvas. Isocas maduras. Trozos de rata apretados con la boca. A medio tragar, para que no se los sacaran. Ella los agarraba despacio, con la lengua. Sin miedo. Satánico le clavó los ojos y aprendió: así se come cuando no se tiene miedo. Así se mueve algo cuando es libre.

Ella levantó la cabeza. Ojos antiguos. Reptil que vio el sol. Y él sentía eso en el pecho. No tenía nombre. Era bueno.

Le hablaba. No con palabras, porque las palabras se le enredaban en la lengua y le salían rotas. Lo hizo con sonidos. Sonidos suaves, guturales.

—Arriba, hay luz —dijo la abuela.

El libro completo —Los Egixi, Rosa Carnívora, Rompe Piernas, Reina Madre, El Tajo, Los Túneles— está guardado en un cajón. Pudriéndose ahí, como se pudren los libros que nadie pidió pero que ya existen y no tienen adonde ir.

Cuando esté listo para salir, va directo a dos editoriales. Sigilo, porque lo que hacen con la narrativa argentina de los márgenes es exactamente lo que este libro necesita que alguien haga con él. Y Caja Negra, porque tiene el espacio para algo que no entra fácil en ninguna categoría, y Egixi no entra fácil en ninguna categoría.

No le estoy pidiendo nada a nadie. Estoy diciendo que el libro existe, que está terminado, y que cuando llegue el momento va a poder pararse solo.

Mientras tanto, sigo excavando.

Duelo a garrotazos — Francisco de Goya, 1820-1823
Dos relatos · un espejo Febrero 2026

Lo que en el Excel no tiene casillero: Rompe Piernas y La Muda

Rompe Piernas lo escribí tercero, cuando todavía no sabía bien de qué iba el libro Egixi. La Muda la escribí casi en estos días, cuando ya lo sabía demasiado. Entre los dos escritos hay meses de distancia. Las horas silla-culo y la cabeza fundida me están pasando factura. Pero eso no importa porque la pregunta sigue ahí: hecha desde orillas opuestas del río.

Goya pintó Duelo a garrotazos en 1820, en la pared de su propia casa. Dos hombres en la llanura, golpeándose con garrotes. Pero si mirás bien, los dos están hundidos hasta las rodillas en el mismo barro. Ninguno puede ganar. El campo los está tragando mientras pelean. Eso es Rompe Piernas: El Narrador en silla de ruedas y el enforcer Egixi que cumple órdenes. Ninguno eligió el barro. Los dos se hunden en él.

Es interesante porque me gusta jugar con el lector. El día que alguien le preste atención a lo que escribo, se va a dar cuetna que hay un relato en Egixi que se llama Rompe Piernas y cuenta una historia. Y que en otro libro, no voy a nombrar cuál, hay una serie de voces encadenadas, y que la narradora Egixi es el mismo personaje que acecha nuestros protagonistas en Rompe Piernas. El rompe piernas construye resistencia de la única manera que puede. No es obvia la crueldad como táctica. Los pibes que no pueden caminar no pueden trabajar en las canteras. Tienen que quedarse adentro y aprender a leer. Su violencia es la única que le devuelve la piña al sistema. En La Muda, hay una escena donde Julián mata a Cascarudo de un picazo, y es un antes y un después porque devuelve el golpe por todos. Ellos descubren que lo que está al margen del límite, es pintura despegándose de las paredes, como la protagonista de La Muda poniéndoles nombres de animales a los protagonistas del otro relato, humanos de la cantera que le resultan incognoscibles.

Dibujo animales en los márgenes de la tablet.

No debería. Los datos van en el centro, las cantidades a la derecha, los trazos de las unidades a la izquierda. Los márgenes son para las correcciones. Pero yo los uso para otra cosa.

El Chancho tiene veintitrés marcas en rojo. Empecé a dibujarlo el día que levantó al de la silla con una sola mano y lo cargó por el barro sin que el otro se lo pidiera. Lo cargó como se carga a una cría: desde abajo, sin apretar. No sé por qué lo dibujé. Hay cosas que no tienen casillero en la tablet.

Al Monito le llevo diecisiete. Es el que más trabajo me da. Se mueve distinto cada vez que lo miro, las proporciones le cambian, como si creciera entre una pincelada y la siguiente. Tiene una pata mala —la izquierda, abajo de la articulación— y sin embargo corre. Eso no debería ser posible. Una unidad con daño estructural debería arrastrarse, no correr. Pero el Monito corre, y lo peor es que mira. Me mira. Con esos sensores húmedos que tienen, dos esferas que les llenan la mitad de la cara, abiertas siempre, captando todo. La mayoría baja los sensores cuando paso. El Monito no. El Monito me estudia como yo lo estudio a él.

Eso me molesta. Me molesta y me interesa. Que son dos versiones del mismo problema.

A la Tortuga Sentada le dediqué nueve trazos, no más. Es difícil de dibujar porque casi no se mueve. Está siempre en la misma posición, sobre esa estructura con ruedas que rechinan, las extremidades superiores caídas, la cabeza ladeada, un hilo de baba colgando. Categoría: inválido, prescindible. Eso dice mi informe. Mis trazos dicen otra cosa.

Los nueve muestran algo que no tiene que ver con la posición del cuerpo: muestran los sensores. Ellos les dicen: ojos.

Los de la Tortuga Sentada son los más rápidos de toda la cantera. Se mueven cuando cree que no lo miro. Calculan distancias, cuentan pasos, registran intenciones y ángulos. Hace exactamente lo mismo que yo.

Eso no me molesta. Eso me aterra.

La Muda está narrada desde el otro lado. La Capataz Egixi lleva cuatro años contando cabezas en esa misma cantera. Lleva una tablet donde registra todo lo que ven sus sensores. Pero hay cosas que no entran en el formulario: el modo en que los animales que vigila hacen cosas que el sistema no prevé. Entonces los dibuja en los márgenes. Bocetos ilegales. Evidencia de que algo en ella ya no funciona como debería.

La muda es el momento en que la coraza cae. La carne nueva queda expuesta al frío antes de endurecerse. Es el momento más vulnerable que existe para un Egixi. Es el momento en que el Chancho le salva la vida y el Monito le pone encima su campera sin que nadie se lo pida.

El formulario no tiene casillero para eso. Ni la tablet ni el sistema ni cuatro años de burocracia alienígena tienen un campo donde poner: alguien te cubrió cuando eras pura carne.

Eso es lo que une a los dos relatos. No la violencia — la violencia está en los dos, pero no es el centro. El centro es el gesto que la violencia no puede producir ni explicar. Lo que cruza la línea de la especie sin pedir disculpas. El garrotazo que llega desde el barro de la Cantera. El narrador enseña a leer desde la silla de ruedas. El Monito abriga a la que lo vigila.

Rompe Piernas termina cuando el primer pibe dice en silencio la primera palabra que aprendió. La Muda termina cuando la Capataz no devuelve la campera. Lo que pasó en el medio, eso, no tiene nombre todavía en ningún idioma.

Publicaciones

Matias J. Ortiz
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Once relatos que cruzan el litoral santafesino y la pampa. Herencias que no son plata ni tierra, sino manchas que se pasan de padre a hijo como si fueran amor.

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El universo Egixi existe. Vive en Rosario. Seis relatos del subsuelo de la ciudad ocupada, donde la resistencia no es armada sino la del que aprende solo.

Ciencia ficciónRosario
Matias J. Ortiz
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Relato Corto · Patas de Cabra · Una Sombra Común
Custodio
Relato

Publicado por Editorial Patas de Cabra. Una historia en el fin de la antología, sobre lo que queda cuando todo lo que conocés se vuelve ajeno y tenés que elegir entre custodiar o perder la cabeza.

PublicadoPatas de Cabra
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Sobre mí

Matias J. Ortiz Matias J. Ortiz · Rosario

Me llamo Matias Joel Ortiz. Nací y vivo en Rosario, Santa Fe. Laboro nueve horas por día. El resto del tiempo le pego a las teclas hasta que las articulaciones duelen.

Tengo un libro en competencia —Promesa y Castigo, once herencias malditas del litoral santafesino— y otro buscando su lugar: Egixi, seis relatos de la ocupación extraterrestre en Argentina. Dos novelas terminadas: Metal Que Crece y La Religión De Los Diablos. Y otra novela por finalizar: Reina Madre.

Toco el piano. Hago teatro. Leo casi todo lo que encuentro. Tengo hambre de muchas cosas y la cabeza llena de historias por escribir.

La literatura argentina tiene muchas voces porteñas, muchas voces académicas. Yo no vengo de ahí. Escribo ciencia ficción desde mi cuerpo, las herencias malditas las escribo desde mi árbol genealógico. No es un discurso. Es lo que soy.