En competencia Fundación El Libro 2026
Escribiendo Metal que Crece · Reina Madre
Matias J. Ortiz
Rosario · Santa Fe · Argentina

Matias J. Ortiz

Ciencia ficción especulativa desde adentro de la fábrica.
El universo Egixi existe. Vive en Rosario.

Publicado en: Custodio / Antología Una Sombra Común / Editorial Patas de Cabra · La Granja / Distopía Nébula / Editorial Rubin En competencia: Promesa y Castigo / Fundación El Libro 2026 · Metal que Crece / Premio UPC 2026 Laburante. Escritor. Rosarino.
Circuito electrónico — Genius
Sobre un relato Febrero 2026

Genius: cuatro capas y un cucurucho de dulce de leche

Cuando estaba escribiendo Genius tenía hambre. Hambre real, de las nueve horas de jornada y el cuerpo que no alcanza a reponer. Me imaginé a mi novia dándome bochas de dulce de leche gratis, una detrás de otra, sin preguntar. Un cucurucho infinito. Eso no está en el cuento pero está en el cuento.

Imaginate arreglarles los respiradores a estos bichos y cuando vas a preguntar por qué no mandan a un técnico de ellos, te responden: "Es que está demasiado ocupado comiendo helado". A nuestro protagonista eso le pica durante todo el relato. Pero sigue. Su patrón se llama Timoteo Cucurucho. Sí, es una alusión a Tim Cook. El Noble Egixi que dirige la operación más poderosa del subsuelo rosarino tiene el apellido de un vasito de helado. Me pareció justo. Nuestro narrador — el que trabaja, que aprende, que transpira — no tiene nombre aristocrático. Tiene las manos.

Me llaman cuando un respirador falla. Me da bronca, porque podrían llamar a un técnico de los suyos. Siempre pregunto y me dicen lo mismo: que está ocupado comiendo helado.

No sé si es un chiste. Nunca entendí el humor de ellos. Puede que no tengan. Pero cada vez que lo dicen me pica algo en la nuca, una cosita chiquita, un grano que apretás y no sale. Helado. Hace cinco años que no como helado.

No me llaman por nombre. Me llaman por función: "técnico". En el idioma de ellos no existe la palabra, usan una cosa que suena: "reparar-persona", dos sílabas escupidas por el mismo tubo que les bombea aire.

La primera vez que uno me lo dijo tardé en entender que me estaba hablando a mí. La segunda vez ya sabía. A la tercera dejé de tener nombre.

El taller queda en el subsuelo de lo que antes era la terminal de ómnibus de Rosario. Los Egixi vaciaron el hall de arriba, sacaron los asientos, los kioskos, los paneles de horarios, y pusieron las líneas de montaje donde antes pasaban los colectivos a Córdoba, a Buenos Aires, a Entre Ríos. Abajo, donde estaban las boleterías y los baños vidriaron, sellaron con poliuretano y armaron los talleres de servicio.

Plomería alienígena le dice Serena, mi compañera de turno. Ellos quizá le dicen laboratorio. Yo le digo la pecera, pero en voz baja, porque el Capataz tiene los sensores finos y la escopeta con muerte azul siempre colgada del caparazón.

A veces, cuando bajo por la escalera al subsuelo, todavía veo las marcas de los carteles. "Boleterías 1-18". "Baños". "Encomiendas". Las letras gastadas bajo la pintura gris que pusieron ellos arriba. Si te agachás y rascás con la uña, sale el celeste original, el de Chevallier, el de Flechabus. Me acuerdo de esa terminal. Mi vieja me traía de chico, cuando viajábamos a Entre Ríos a ver a la tía Mariela. Olor a empanada casera y a diesel de colectivo llegando. Ahora desprende olor a ácido y a metal que crece.

Porque eso es un respirador. Un cilindro de metal orgánico —no pregunten qué significa, es lo que es, metal que crece— con válvulas internas que se abren y cierran al ritmo de la cosa que ellos llaman respirar.

Cuando suena bien: trac-Trác-trac, trac-Trác-trac, parejo, regular, un mecanismo que se mueve rodando en un triángulo. Cuando falla, el sonido se humedece, se vuelve blando, un hígado fuera de la heladera.

Mi trabajo es abrirlo, encontrar la falla, arreglarlo, cerrarlo, devolverlo. Cuarenta minutos por pieza. Ocho unidades por turno. Trescientos veinte minutos con las manos adentro de la garganta de una criatura que no es máquina ni órgano ni nada que podamos nombrar en castellano.

Las manos lo pagan. Después de cinco años de meter los dedos en ácido tibio, la piel se me curtió. Los nudillos se me pusieron rojos primero, después marrones, después de un color gris violáceo que cuando me lavo con jabón no sale. Las articulaciones me crujen con arena adentro. A veces, cerrando un respirador, siento que las manos se me van a desprender de las muñecas. Y la tos. Una tos de perro que me va clavando agujas atrás de los ojos, de respirar cinco años lo que sale de adentro de esas máquinas.

Serena me dice que la secreción de los respiradores tiene un componente que se fija en la queratina. Yo digo que me estoy poniendo del color de ellos. Serena no se ríe. Ella sabe que no es un chiste.

El título tiene cuatro capas y las cuatro son necesarias.

La primera: la que buscás cuando leés por primera vez el título. Decís: Ah, genio. Inteligencia artificial, tecnología. Entrás esperando algo cerebral, frío, con pantallas y código. Y te encontrás al protagonista en el subsuelo de lo que era la terminal de ómnibus de Rosario, con las manos cada vez más violetas de trabajar con ácido, reparando placas de tecnología extranjera que lo trata como si él fuera estaño.

La segunda: los romanos tenían el concepto de genius. No era lo que entendemos hoy. Era el espíritu propio de cada cosa. Cada persona tenía su genius. Cada lugar. Cada objeto. Lo que pulsaba adentro, independientemente de quién lo poseyera.

La tercera: el protagonista es un genio en el sentido liso y llano. Lo ponen adelante de un respirador — tecnología extraterrestre que ningún manual explica, que nadie le enseñó a reparar — y lo aprende solo. A prueba y error. A maña y cuerpo.

La cuarta: los Genius de Apple en Argentina. Los que sueldan tecnología ajena en locales de una corporación que los trata exactamente igual que Timoteo Cucurucho trata al protagonista.

Las cuatro capas son la misma: hay algo que crece solo adentro de todo y que no le pide permiso a nadie para existir. Todavía.

Escritura a mano — proceso
La Ortiga Febrero 2026

Promesa y Castigo: cómo se escribe un libro que te asusta

Promesa y Castigo empezó con un solo cuento: La Ortiga. Lo llevé a mis compañeros de Editorial Patas de Cabra y me dijeron que les traía recuerdos de "El Sur" de Borges. Semanas antes yo había encontrado ese cuento y me rompió la cabeza —nunca me había gustado Borges y de repente lo amaba—. Me dijeron que La Ortiga estaba para presentar en algún concurso: no me lo tomé en serio. ¿Era ese u otro? Lo que sí sé es que La Ortiga llegó como un manuscrito crudo, lleno de grasa, con voz impostada y errores graves. Pero la idea estaba.

Lo rompí. Lo armé de nuevo. Le pasé la amoladora. Lo volví a pulir. Le puse voz matrera y textura al gaucho, les regalé un perro, cerré los agujeros con soldadura. Solo mi novia sabe cuántas horas silla-culo durante meses llevo trabajando en mis escritos. Cuando más o menos lo tenía, con mucha vergüenza se lo mostré a mi familia. Mi hermana se lo leyó a mis viejos en voz alta.

Les dejo esto como testamento.

Cuando el más viejo de la familia habla, hasta los gurises se callan y escuchan. Escúchenme.

Lo que les voy a contar no es cuento ni disparate de viejo. Es advertencia. Es verdad. Es lo que pasó en la tierra que les heredo. La tierra que bauticé como La Ortiga.

Esa tierra está maldita.

Y si alguno de ustedes la quiere, va a tener que pelear. Porque hay otro que la reclama. Uno que murió hace mucho pero que no se fue. Uno que enfrenté yo cuando era joven. Y va a volver cuando ustedes sean grandes.

No vaya nunca la sangre mía a pelearse entre sí por ese pedazo de tierra. Más bien, van a tener que fortalecerse antes de habitar. Y reclamar a nombre suyo, a fuerza de facón o férrea voluntad. Porque es nuestro. Porque el campo de La Ortiga no es solo campo. Es promesa y castigo.

***

Yo nací en una de esas casas con frente a medio construir: patio de barro, chapas mediante con los vecinos. Papá solía azotarme con la hebilla del cinturón cuando me ponía a cazar palomas con la gomera. No quería que yo ande por ahí haciéndome el indio. Decía que toda vida es sagrada.

Con mis hermanas íbamos a la escuela, cruzando los rieles con el mate cocido en la panza. Ni pateábamos piedras para cuidar las zapatillas. Mi vieja amasaba los guardapolvos en un agua espesa y cuando te lo calzaba pesaban como armadura. A la tardecita, especialmente en días de lluvia, salíamos con una bicicleta a vender torta frita por el barrio.

Esa infancia se terminó.

A los trece, ya cruzaba la vía engrasado hasta las mangas, con el perfume ácido del líquido refrigerante en todo el cuerpo. Una fábrica con cuatro tornos, fresadoras y cosas de herrería. Me recomendó un amigo de mi tío Chacho.

El dueño de la fábrica era un viejo de cabellos marmolados, la cara cuatreada, flaquito como palo de escoba. Le temblaban mucho las manos. Mucho. Me enseñaron que uno no debe de andar discriminando a la gente, pero a este viejo no sé cómo le daba la cara para seguir trabajando así. Yo tenía miedo de que en uno de esos tiros se le resbalase la máquina y me cortara limpitos los dedos.

Un día, el viejo y yo estábamos haciendo herrería. Él cortaba. Yo sostenía. Me dijo que sostenga el fierro. Yo lo agarré con las dos manos. El hierro pesaba. Estaba muy frío.

Encendió la amoladora y el ruido llenó el taller. Las chispas saltaron.

—Sostenelo firme —me gritó.

Sostuve. Y el viejo cortó.

Las manos del viejo siempre temblaban. Yo lo sabía. Todos lo sabían. Y la máquina se resbaló.

Vi la cuchilla ir hacia los dedos. Intenté soltar. No llegué. No sentí dolor de inmediato. Vi los dedos en el piso. Cuatro. Separados de mí. Todavía se movían. Separados de la mano. Me bajó la presión. El olor de mano chamuscada parecía de otro.

Índice. Mayor. Anular. Meñique.

Después llegó el dolor. Fuego en la mano, como metida en brasas. Grité.

El viejo apagó la máquina. Me miró con los ojos grandes. Tenía la cara blanca. El líquido refrigerante se mezclaba con la sangre en el piso.

Después el mundo se apagó.

***

Compramos un pedazo de tierra en las afueras de Entre Ríos, a unos treinta kilómetros de Paraná. Contraté dos peones que me ayudaban con la carretilla, las piedras y la arena. Yo mezclar podía, llevar cosas y martillar podía. Y mientras tanto, La Magdalena se hacía en el fondo un jardín lleno de helechos y flores.

Terminé los cimientos. Hice la tranquera. Los ojos celestes de mi mujer sacaron lustre al ver terminado el cartel: le pintamos el nombre con letra linda, grandote y en color blanco. La Ortiga. Esa planta que si por descuido te la llevás por delante te pica hasta donde el sol no llega. Ella comiendo un pedazo de queso se reía.

Y así quedó. Hasta un perro encontramos. Llegó del monte. Cuzquito marrón, costillas marcadas, le faltaba una oreja. Lo encontramos temblando entre los yuyos. El perro no se despegaba de nosotros. Dormía en la puerta. Nos seguía a todos lados. Lo llamamos Beto, por el músico sordo. Aunque en realidad el perro eligió su nombre: respondía a Beto y a nada más. Como si ya lo hubiese tenido antes de llegar a la casa.

Los animales empezaron a actuar raro cuando la casa estaba casi terminada. Todavía faltaba el techo y una pared. Yo cargaba ladrillos con el muñón vendado. Dolía pero trabajaba igual. La Magdalena estaba en el jardín. Plantaba helechos. Las gallinas dejaron de picotear. Quedaron quietas. Todas mirando hacia el mismo lado. Hacia el monte. El caballo relinchó. Una vez. Después quedó mudo.

Mi mujer levantó la vista.

—¿Sentís eso?

—¿Qué cosa?

—Alguien mira.

Miré hacia el monte. No vi nada. Solo árboles y sombras. Pero sentí helada la nuca. Y un olor a líquido refrigerante. Como el de la fábrica.

Los sueños no me dejaron dormir. La Magdalena me contó después que hablaba dormido. Yo no sabía. Que decía cosas en un idioma que ella no sabe. Que una noche grité "¡la mano!" y me desperté rascándome. Rascaba aire.

Me quedé mirando por la ventana. El Beto empezó a gruñir. Bajito. Desde el fondo del pecho. Nunca lo había escuchado gruñir así. Estaba parado en la puerta, mirando hacia el monte. El pelo del lomo erizado.

Y lo vi. Una silueta, merodeando por los troncos de los árboles. Finita. Con sombrero. Parada. Mirando la casa. Agarré el facón y salí con el pecho descubierto. Ya no había nada.

A la mañana siguiente, en la tierra frente a la tranquera había marcas. Huellas de caballo. Frescas.

Esa tarde, estaba meando detrás del rancho cuando escuché ruido de agua. Alguien meando del otro lado del árbol. Me asomé.

Ahí estaba. Un gaucho. Sombrero ladeado. En el cinto, algo que brillaba. Un facón. Terminó de mear. Se sacudió. Se acomodó el pantalón. Me miró.

—Güen día pa regar la tierra, ¿no te parece?

***

La lluvia seguía. El barro me frenaba. El caballo iba despacio. Yo lo espoleaba. Pensaba en el changuito. En La Magdalena. En la fiebre.

Y entonces lo vi. Parado en el medio del camino. El gaucho. Cara cuatreada, casi sin piel. Los ojos hundidos. Las encías negras.

El caballo se paró en seco. Relinchó. Yo intenté calmarlo pero se empacó. Se dio vuelta. Trastabilló. Caímos los dos al barro.

Me levanté. El tordillo intentó pararse conmigo pero no pudo. Tenía la pata torcida.

El gaucho se acercó despacio.

—Lindo pago pa un mocoso —dijo.

El aliento podrido me dio un chirlo.

—¿No te parece que andai en tierra ajena chango?

No contesté. Me quedé clavado en el barro. Mirándolo a los ojos.

—¿Aemá e manco so sordo vo?

Les comparto fragmentos. Está todo cortado, como la mano del protagonista. La cosa va escalando. El animal lo ayuda, la mujer lo ayuda, pero es él quien tiene que agarrar la posta y enfrentar.

El libro fue creciendo alrededor de ese primer corte, relato por relato, hasta llegar a once. Que hay cosas que recibís sin pedirlas. Que el cuerpo recuerda lo que la cabeza descarta. Que algunas familias se pasan el daño de generación en generación con la misma precisión que una receta de cocina.

Cuando lo mandé a Fundación El Libro tenía 130 páginas en A4 — unas 200 en formato libro real, con márgenes y tipografía de libro de verdad. Once relatos que no se conocen entre sí pero que respiran el mismo aire. Juro que nunca planeé que fueran once. Juro que no sabía que era un libro hasta que lo fue.

Ahora está en manos del jurado. No sé qué hacer con eso.

Duelo a garrotazos — Francisco de Goya, 1820-1823
Dos relatos · un espejo Febrero 2026

Lo que en el Excel no tiene casillero: Rompe Piernas y La Muda

Rompe Piernas lo escribí tercero, cuando todavía no sabía bien de qué iba el libro Egixi. La Muda la escribí casi en estos días, cuando ya lo sabía demasiado. Entre los dos escritos hay meses de distancia. Las horas silla-culo y la cabeza fundida me están pasando factura. Pero eso no importa porque la pregunta sigue ahí: hecha desde orillas opuestas del río.

Goya pintó Duelo a garrotazos en 1820, en la pared de su propia casa. Dos hombres en la llanura, golpeándose con garrotes. Pero si mirás bien, los dos están hundidos hasta las rodillas en el mismo barro. Ninguno puede ganar. El campo los está tragando mientras pelean. Eso es Rompe Piernas: El Narrador en silla de ruedas y el enforcer Egixi que cumple órdenes. Ninguno eligió el barro. Los dos se hunden en él.

El Narrador en Rompe Piernas construye resistencia de la única manera que puede: rompe piernas. No como crueldad — como táctica. Los pibes que no pueden caminar no pueden trabajar en las canteras. Tienen que quedarse adentro y aprender a leer. Su violencia es la única que le devuelve la piña al sistema. Cuando Julián mata al Quitinoso de un picazo, es un antes y un después. Devuelve el golpe por todos. Ellos descubren que lo que está al margen del límite, es pintura despegándose de las paredes, como la protagonista de La Muda poniéndoles nombres de animales a los protagonistas del otro relato: Rompe Piernas; humanos de la cantera que le resultan incognoscibles.

Dibujo animales en los márgenes de la tablet.

No debería. Los datos van en el centro, las cantidades a la derecha, los dibujitos de las unidades a la izquierda. Los márgenes son para las correcciones. Pero yo los uso para otra cosa.

El Chancho tiene veintitrés marcas en rojo. Empecé a dibujarlo el día que levantó al de la silla con una sola mano y lo cargó por el barro sin que el otro se lo pidiera. Lo cargó como se carga a una cría: desde abajo, sin apretar. No sé por qué lo dibujé. Hay cosas que no tienen casillero en la tablet.

Al Monito le llevo diecisiete. Es el que más trabajo me da. Se mueve distinto cada vez que lo miro, las proporciones le cambian, como si creciera entre una pincelada y la siguiente. Tiene una pata mala —la izquierda, abajo de la articulación— y sin embargo corre. Eso no debería ser posible. Una unidad con daño estructural debería arrastrarse, no correr. Pero el Monito corre, y lo peor es que mira. Me mira. Con esos sensores húmedos que tienen, dos esferas que les llenan la mitad de la cara, abiertas siempre, captando todo. La mayoría baja los sensores cuando paso. El Monito no. El Monito me estudia como yo lo estudio a él.

Eso me molesta. Me molesta y me interesa. Que son dos versiones del mismo problema.

A la Tortuga Sentada le dediqué nueve dibujitos, no más. Es difícil de dibujar porque casi no se mueve. Está siempre en la misma posición, sobre esa estructura con ruedas que rechinan, las extremidades superiores caídas, la cabeza ladeada, un hilo de baba colgando. Categoría: inválido, prescindible. Eso dice mi informe. Mis trazos dicen otra cosa.

Los nueve dibujitos muestran algo que no tiene que ver con la posición del cuerpo: muestran los sensores. Ellos les dicen: ojos.

Los de la Tortuga Sentada son los más rápidos de toda la cantera. Se mueven cuando cree que no lo miro. Calculan distancias, cuentan pasos, registran intenciones y ángulos. Hace exactamente lo mismo que yo.

Eso no me molesta. Eso me aterra.

La Muda está narrada desde el otro lado. La Capataz Egixi lleva cuatro años contando cabezas en esa misma cantera. Lleva una tablet donde registra todo lo que ven sus sensores. Pero hay cosas que no entran en el formulario: el modo en que los animales que vigila hacen cosas que el sistema no prevé. Entonces los dibuja en los márgenes. Bocetos ilegales. Evidencia de que algo en ella ya no funciona como debería.

La muda es el momento en que la coraza cae. La carne nueva queda expuesta al frío antes de endurecerse. Es el momento más vulnerable que existe para un Egixi. Es el momento en que el Chancho le salva la vida y el Monito le pone encima su campera sin que nadie se lo pida.

El formulario no tiene casillero para eso. Ni la tablet ni el sistema ni cuatro años de burocracia alienígena tienen un campo donde poner: alguien te cubrió cuando eras pura carne.

Eso es lo que une a los dos relatos. No la violencia — la violencia está en los dos, pero no es el centro. El centro es el gesto que la violencia no puede producir ni explicar. Lo que cruza la línea de la especie sin pedir permiso. El garrotazo que llega desde el barro de la Cantera. El narrador enseña a leer desde la silla de ruedas. El Monito abriga a la que lo vigila.

Rompe Piernas termina cuando el primer pibe dice en silencio la primera palabra que aprendió. La Muda termina cuando la Capataz no devuelve la campera. Lo que pasó en el medio no tiene nombre todavía en ningún idioma.

Tunel oscuro — Los Tuneles
Final de libro Febrero 2026

Los Túneles: el último relato del libro Egixi

Un libro de relatos necesita un final que justifique todo lo que vino antes. No un resumen. No un cierre prolijo. Algo que deje al lector en un lugar distinto al que estaba cuando empezó.

Los Túneles es ese relato. Lo que pasa abajo — literalmente abajo, en la estructura subterránea de la ciudad ocupada — es lo que pasa en todos los demás relatos pero sin la capa de normalidad encima. Sin los caparazones. Sin los respiradores. Sin los escopetazos de muerte azul. Solo lo que queda cuando sacás todo lo que los Egixi pusieron arriba.

La luz era un privilegio para otros.

Fuego, a veces. Cuando conseguían quemar algo que no fuera necesario para otra cosa. Casi nunca. La mayor parte del tiempo los cuerpos se arrastraban en una oscuridad grasa, reconociéndose mejor por el olor y el ruido.

Estaba en la esquina donde siempre estaba.

Tenía la boca abierta. Un hilo de baba le colgaba del labio. Resbalaba hasta las costillas. Los ojos flotaban, moviéndose lentos de un lado a otro, siguiendo cosas que los demás no tenían tiempo para ver.

En el centro de su cueva la olla hervía. Adentro flotaba lo que fue un animal, ahora deshecho, mezclado con barro y agua que habían juntado de las filtraciones.

El padre revolvía con un palo. Hombros hundidos, lomo doblado de tanto arrastrarse por túneles que no estaban hechos para hombres erguidos. Los ojos fijos en la olla. La boca cerrada.

La madre estaba sentada contra la pared húmeda, los ojos fijos en ninguna parte, las piernas abiertas, porque nadie le había dicho que las cerrara. Le pusieron un trapo encima pero se le había corrido. Movía la lengua como si tuviera un requecho de comida atorado entre los dientes.

Hablaba con las paredes. Las veces, las muy pocas veces que volvía, miraba a su alrededor con los ojos que pondría cualquiera que despertase en un lugar tapiado:

—Raúl… Raúl… ¿Dónde están los nenes?

Y entonces veía dónde estaban. Veía en qué se había convertido todo. Y se iba de nuevo. Hundiéndose en ese lugar dentro de su cabeza donde nada de esto existía.

La abuela le pasó al nieto un trapo húmedo. Él no la miró, pero lo agarró y se lo puso en la cara, y se mantuvo así, con el trapo contra la boca y la nariz, respirando eso que era casi agua, casi limpio.

Solo la vieja lo tocaba sin que fuera para lastimarlo o para usarlo. La única que aún le decía las cosas, que hacía de cuenta que él entendía.

—Comé —dijo el padre.

No le estaba hablando a nadie en particular.

Todos fueron a la olla.

Cuervo, el hermano de Satánico, fue el primero. Los dientes negros, le faltaban tres. Agarró el plato de lata que compartían y hundió, sacó un pedazo que chorreaba, y comió con la boca abierta, mirándolo mientras masticaba.

—¿Qué mirás, Satánico? —dijo, y se rio con la boca llena—. ¿Querés que te dé de comer en la boca como a los perritos?

Satánico ni se movió. Apretó el trapo más fuerte. Se hizo chiquito en su rincón.

La encontró cerca del agujero.

El agujero era su secreto. Un quiebre en la roca, al final de un túnel que nadie usaba porque no llevaba a ninguna parte. Había ido muchas veces, tenía tiempo de ir, porque no lo dejaban salir de cacería con Padre y Cuervo.

Ahí el aire era distinto. Venía por el túnel. No sabía qué era. No podía imaginarlo. Intuyó que sí, porque ese aire no olía a mierda, ni a cuerpos con costras, ni a barro podrido.

La Iguana estaba tirada al lado del agujero, medio muerta, con una pata rota. Se había caído. La vio mucho tiempo. Quieto. No preguntó qué era. Piel áspera. Ojos que no pestañeaban. Solo asombro.

La tocó. Distinguió la sangre. Estaba muy fría y se movió apenas, un temblor, un intento de huir que no llegó a ningún lado. La levantó con las dos manos y se la llevó contra el pecho y volvió arrastrándose por el túnel, protegiéndola con su cuerpo de las piedras que sobresalían.

Tampoco supo que se llamaba Iguana, ni que venía de un mundo con árboles y con cielo. Que era suya. Que llegó de arriba, por el agujero. Que estaba viva y que él podía mantenerla así.

Cuando llegó la escondió en un hueco atrás de las piedras, en su esquina. Le daba pedazos de lo que conseguía. Larvas. Isocas maduras. Trozos de rata apretados con la boca. A medio tragar, para que no se los sacaran. Ella los agarraba despacio, con la lengua. Sin miedo. Satánico le clavó los ojos y aprendió: así se come cuando no se tiene miedo. Así se mueve algo cuando es libre.

Ella levantó la cabeza. Ojos antiguos. Reptil que vio el sol. Y él sentía eso en el pecho. No tenía nombre. Era bueno.

Le hablaba. No con palabras, porque las palabras se le enredaban en la lengua y le salían rotas. Lo hizo con sonidos. Sonidos suaves, guturales.

—Arriba, hay luz —dijo la abuela.

El libro completo — Los Egixi, Rosa Carnívora, Rompe Piernas, Reina Madre, El Tajo, Los Túneles — está guardado en un cajón. Pudriéndose ahí, como se pudren los libros que nadie pidió pero que ya existen y no tienen adonde ir.

Cuando esté listo para salir, va directo a dos editoriales. Sigilo, porque lo que hacen con la narrativa argentina de los márgenes es exactamente lo que este libro necesita que alguien haga con él. Y Caja Negra, porque tiene el espacio para algo que no entra fácil en ninguna categoría, y Egixi no entra fácil en ninguna categoría.

No le estoy pidiendo nada a nadie. Estoy diciendo que el libro existe, que está terminado, y que cuando llegue el momento va a poder pararse solo.

Mientras tanto, sigo excavando.

Río Paraná — Mediomundo
Sobre un relato Febrero 2026

Mediomundo: lo que no se puede tirar

La red salió pesada. Cuatro palabras. Sujeto, verbo, adjetivo. Sin ornamento. El narrador de "Mediomundo" no anuncia, no prepara, no pide permiso: tira la red y arranca. Ese es el tono. Ese es el pacto.

Lo que sigue es una historia de trasplante —de isla a ciudad, de río a fábrica— narrada desde adentro de un cuerpo que todavía no aprendió a vivir en cemento. El narrador no tiene nombre: es el nuevo, es el pescador para sus compañeros de planta. La identidad es siempre lo que te nombran los demás. O lo que heredaste.

Y lo que heredó es esto: un aro de hierro cromado, oxidado, húmedo. Un mediomundo. La herramienta de pesca que muestra el futuro cuando le cae sangre. No la sangre de cualquiera: la propia. La que uno derrama despacio, sobre el metal, como quien firma.

La red salió pesada.

Tiré. El lomo crujió. Les pegué con el remo. El ruido sordo. Dejaron de moverse.

Agarré el facón y les abrí la panza. Tripas brillando. Tiré al agua. La sangre chorreó por los dedos, cayó sobre el mediomundo.

Y vi.

Vi a un nene chiquito y arrugado. En una cuna de hospital. Mis manos poniéndole algo con óxido en el pecho, de color cromado.

Después nada.

Me agarré la cara. Me toqué el tajo de la cicatriz. Los dedos me olían a tripa.

—Voy a tener un gurí. La puta madre.


El mediomundo muestra cuando le cae sangre. Sangre de pescado, de persona, de lo que sea. A veces, solo pocas, te muestra lo que viene. No sé por qué. Ni cómo anda esto. Pero es así. Siempre.

Matungo me enseñó a leer el agua.

Fue una tarde de invierno. Yo era pibe, él ya estaba viejo. Se paró en la canoa. Un agujero le comía la frente, de cuando le tiraron con escopeta y no lo mataron.

Estábamos en el muelle. El río quieto. Los sauces reflejándose.

—Mirá —dijo señalando un punto donde el agua hacía un remolino chico—. Ahí hay bagre. Amarillo. Grande.

—¿Cómo sabés?

—Porque el agua te muestra. Si sabés mirar.

Tiró la línea, esperó. Dos minutos. Sacó un bagre del tamaño de mi brazo.

Me miró. Los ojos hundidos. Cansados.

—Algún día te voy a mostrar otra cosa —dijo—. Algo que también hay que saber escuchar.

Ni idea qué decía. Yo era gurí. Tardé años en entender.

El día que se hundió yo estaba en el muelle. Ya de grande. Vi la canoa alejarse. Matungo se paró. Lo vi saltar. La mano levantada. Saludando.

Después el agua se lo tragó.

Nunca salió a flote.

La caja siempre volvía a la puerta de mi rancho. Cerrada. Con el candado roto. Y adentro, el caño de mediomundo, todavía húmedo.


Noelia se llama.

No Jesica. Noelia. Así le puso la madre. Así le digo yo.

La conocí en Victoria. Ella trabajaba en un kiosco cerca del puerto. Yo iba a vender pescado. La vi. Me vio. Un día le hablé. Otro día me habló ella.

No es linda. Tiene la nariz torcida y los dientes chuecos. Pero tiene algo. Una fuerza que te tira.

Me dijo que quería irse de allá. Que quería otra cosa. No sabía qué, pero algo distinto.

—¿Y vos? —me preguntó una noche. Estábamos en el rancho. Ella mirando el techo de chapa—. ¿No querés otra cosa?

—No sé qué querer.

—Eso es triste. Tenés que querer.

—Capaz.

Se quedó mirándome. Se calló. Después se dio vuelta y me miró otra vez.

—Estoy embarazada.

No se puede tirar. No se puede escapar. Matungo lo intentó con Lucas. No pudo. Yo lo intenté con Tomás. Tampoco voy a poder.

La maldición sobrenatural es el vehículo del libro. El tema real es si la violencia heredada puede cortarse, o si solo puede pasarse. ¿Qué decisión es la correcta? ¿Cuál tomarías vos? En el relato Cochambre Tato le pega a La Piba Carmina. En Belcebú El abuelo Negro dice que a las mujeres hay que tenerlas cortitas. El narrador en Cochambre no sabe si quiere proteger al pibe o ser el tipo que lo marca. Esa cadena es más poderosa que cualquier objeto maldito.

El final no cierra. Clausura, sí: el narrador toma una decisión. Pero no resuelve la pregunta. Los dedos chiquitos se cerraron alrededor del metal. Tomás tiene días de nacido y ya está sosteniendo lo que lo va a perseguir. ¿Es eso condena o transmisión? El cuento no lo dice. Lo vas a tener que responder vos. Lo vas a tener que leer.

Dentro de Promesa y Castigo, este relato tiene una función precisa: es el puente entre el mundo histórico y el presente. La herencia llegó al siglo XXI. Llegó a Rosario. Llegó a la fábrica. Se adaptó. Y sigue.

Espera — escritor sin un mango
Diario de trabajo Febrero 2026

Esperando que abra Windumanoth porque estoy sin un mango

Windumanoth es una revista española de ciencia ficción que paga. Setenta y cinco euros por relato. Eso es plata real cuando trabajás nueve horas en una picadora de carne y escribís el resto.

Tengo dos cuentos preparados. Listos desde hace semanas. Pero la convocatoria no abrió todavía y acá estoy, mirando la página como si mirarla lo fuera a hacer aparecer.

Esta es la economía del escritor argentino que no llega a fin de mes: anotarse en concursos españoles, calcular cuándo abren las convocatorias, tener los textos listos meses antes para no quedar afuera por un día. Arroz con sal y estrategia. No es romanticismo. Es matemática.

Setenta y cinco euros son tres tanques de nafta. Son dos semanas de verdura. Son el margen que te permite escribir el mes siguiente sin que la cabeza esté puesta en otra cosa.

Sigo mirando la página. Sigo escribiendo. Las dos cosas a la vez, siempre.

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Once herencias malditas del litoral

Once relatos que cruzan el litoral santafesino y la pampa. Herencias que no son plata ni tierra, sino manchas que se pasan de padre a hijo como si fueran amor.

2026RelatosEn competencia
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El universo Egixi existe. Vive en Rosario. Seis relatos del subsuelo de la ciudad ocupada, donde la resistencia no es armada sino la del que aprende solo.

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Relato Corto · Patas de Cabra · Una Sombra Común
Custodio
Relato

Publicado por Editorial Patas de Cabra. Una historia en el fin de la antología, sobre lo que queda cuando todo lo que conocés se vuelve ajeno y tenés que elegir entre custodiar o perder la cabeza.

PublicadoPatas de Cabra
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El jardín de senderos que se bifurcan Borges ·  Cuento · Fantástico
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La autopista del sur Cortázar ·  Cuento · Realismo mágico
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Sobre mí

Matias J. Ortiz Matias J. Ortiz · Rosario

Me llamo Matias Joel Ortiz. Nací y vivo en Rosario, Santa Fe. Laboro nueve horas por día. El resto del tiempo le pego a las teclas hasta que las articulaciones duelen.

Tengo un libro en competencia — Promesa y Castigo, once herencias malditas del litoral santafesino — y otro buscando su lugar: Egixi, seis relatos del universo de la ocupación extraterrestre. Antes publiqué en Editorial Patas de Cabra y en Distopía Nébula.

Toco el piano. Hago teatro. Leo casi todo lo que encuentro. Tengo hambre de muchas cosas y la cabeza llena de historias por escribir.

La literatura argentina tiene muchas voces porteñas, muchas voces académicas. Yo no vengo de ahí. Escribo ciencia ficción desde mi cuerpo, las herencias malditas las escribo desde mi árbol genealógico. No es un discurso. Es lo que soy.