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Escritura a mano — proceso
La Ortiga Febrero 2026

Promesa y Castigo: cómo se escribe un libro que te asusta

Promesa y Castigo empezó con un solo cuento: La Ortiga. Lo llevé a mis compañeros de Editorial Patas de Cabra y me dijeron que les traía recuerdos de El Sur de Borges. Semanas antes yo había encontrado ese cuento y me rompió la cabeza. Nunca me había gustado Borges y de repente lo amaba. Me dijeron que La Ortiga estaba para presentar en algún concurso: no me lo tomé en serio. ¿Era ese u otro? Lo que sí sé es que La Ortiga llegó como un manuscrito crudo, lleno de grasa, con voz impostada y errores graves. Pero la idea estaba.

Lo rompí. Lo armé de nuevo. Le pasé la amoladora. Lo volví a pulir. Le puse voz matrera y textura al gaucho, a los protagonistas les regalé un perro protector. Beto. Lo bauticé como músico sordo. Cerré los agujeros con soldadura. Solo mi novia sabe cuántas horas silla-culo durante meses llevo trabajando en mis escritos. Cuando más o menos lo tenía, con mucha vergüenza se lo mostré a mi familia. Mi hermana se lo leyó a mis viejos, en voz alta.

Les dejo esto como testamento.

Cuando el más viejo de la familia habla, hasta los gurises se callan y escuchan. Escúchenme.

Lo que les voy a contar no es cuento ni disparate de viejo. Es advertencia. Es verdad. Es lo que pasó en la tierra que les heredo. La tierra que bauticé como La Ortiga.

Esa tierra está maldita.

Y si alguno de ustedes la quiere, va a tener que pelear. Porque hay otro que la reclama. Uno que murió hace mucho pero que no se fue. Uno que enfrenté yo cuando era joven. Y va a volver cuando ustedes sean grandes.

No vaya nunca la sangre mía a pelearse entre sí por ese pedazo de tierra. Más bien, van a tener que fortalecerse antes de habitar. Y reclamar a nombre suyo, a fuerza de facón o férrea voluntad. Porque es nuestro. Porque el campo de La Ortiga no es solo campo. Es promesa y castigo.

***

Yo nací en una de esas casas con frente a medio construir: patio de barro, chapas mediante con los vecinos. Papá solía azotarme con la hebilla del cinturón cuando me ponía a cazar palomas con la gomera. No quería que yo ande por ahí haciéndome el indio. Decía que toda vida es sagrada.

Con mis hermanas íbamos a la escuela, cruzando los rieles con el mate cocido en la panza. Ni pateábamos piedras para cuidar las zapatillas. Mi vieja amasaba los guardapolvos en un agua espesa y cuando te lo calzaba pesaban como armadura. A la tardecita, especialmente en días de lluvia, salíamos con una bicicleta a vender torta frita por el barrio.

Esa infancia se terminó.

A los trece, ya cruzaba la vía engrasado hasta las mangas, con el perfume ácido del líquido refrigerante en todo el cuerpo. Una fábrica con cuatro tornos, fresadoras y cosas de herrería. Me recomendó un amigo de mi tío Chacho.

El dueño de la fábrica era un viejo de cabellos marmolados, la cara cuatreada, flaquito como palo de escoba. Le temblaban mucho las manos. Mucho. Me enseñaron que uno no debe de andar discriminando a la gente, pero a este viejo no sé cómo le daba la cara para seguir trabajando así. Yo tenía miedo de que en uno de esos tiros se le resbalase la máquina y me cortara limpitos los dedos.

Un día, el viejo y yo estábamos haciendo herrería. Él cortaba. Yo sostenía. Me dijo que sostenga el fierro. Yo lo agarré con las dos manos. El hierro pesaba. Estaba muy frío.

Encendió la amoladora y el ruido llenó el taller. Las chispas saltaron.

—Sostenelo firme —me gritó.

Sostuve. Y el viejo cortó.

Las manos del viejo siempre temblaban. Yo lo sabía. Todos lo sabían. Y la máquina se resbaló.

Vi la cuchilla ir hacia los dedos. Intenté soltar. No llegué. No sentí dolor de inmediato. Vi los dedos en el piso. Cuatro. Separados de mí. Todavía se movían. Separados de la mano. Me bajó la presión. El olor de mano chamuscada parecía de otro.

Índice. Mayor. Anular. Meñique.

Después llegó el dolor. Fuego en la mano, como metida en brasas. Grité.

El viejo apagó la máquina. Me miró con los ojos grandes. Tenía la cara blanca. El líquido refrigerante se mezclaba con la sangre en el piso.

Después el mundo se apagó.

***

Compramos un pedazo de tierra en las afueras de Entre Ríos, a unos treinta kilómetros de Paraná. Contraté dos peones que me ayudaban con la carretilla, las piedras y la arena. Yo mezclar podía, llevar cosas y martillar podía. Y mientras tanto, La Magdalena se hacía en el fondo un jardín lleno de helechos y flores.

Terminé los cimientos. Hice la tranquera. Los ojos celestes de mi mujer sacaron lustre al ver terminado el cartel: le pintamos el nombre con letra linda, grandote y en color blanco. La Ortiga. Esa planta que si por descuido te la llevás por delante te pica hasta donde el sol no llega. Ella comiendo un pedazo de queso se reía.

Y así quedó. Hasta un perro encontramos. Llegó del monte. Cuzquito marrón, costillas marcadas, le faltaba una oreja. Lo encontramos temblando entre los yuyos. El perro no se despegaba de nosotros. Dormía en la puerta. Nos seguía a todos lados. Lo llamamos Beto, por el músico sordo. Aunque en realidad el perro eligió su nombre: respondía a Beto y a nada más. Como si ya lo hubiese tenido antes de llegar a la casa.

Los animales empezaron a actuar raro cuando la casa estaba casi terminada. Todavía faltaba el techo y una pared. Yo cargaba ladrillos con el muñón vendado. Dolía pero trabajaba igual. La Magdalena estaba en el jardín. Plantaba helechos. Las gallinas dejaron de picotear. Quedaron quietas. Todas mirando hacia el mismo lado. Hacia el monte. El caballo relinchó. Una vez. Después quedó mudo.

Mi mujer levantó la vista.

—¿Sentís eso?

—¿Qué cosa?

—Alguien mira.

Miré hacia el monte. No vi nada. Solo árboles y sombras. Pero sentí helada la nuca. Y un olor a líquido refrigerante. Como el de la fábrica.

Los sueños no me dejaron dormir. La Magdalena me contó después que hablaba dormido. Yo no sabía. Que decía cosas en un idioma que ella no sabe. Que una noche grité "¡la mano!" y me desperté rascándome. Rascaba aire.

Me quedé mirando por la ventana. El Beto empezó a gruñir. Bajito. Desde el fondo del pecho. Nunca lo había escuchado gruñir así. Estaba parado en la puerta, mirando hacia el monte. El pelo del lomo erizado.

Y lo vi. Una silueta, merodeando por los troncos de los árboles. Finita. Con sombrero. Parada. Mirando la casa. Agarré el facón y salí con el pecho descubierto. Ya no había nada.

A la mañana siguiente, en la tierra frente a la tranquera había marcas. Huellas de caballo. Frescas.

Esa tarde, estaba meando detrás del rancho cuando escuché ruido de agua. Alguien meando del otro lado del árbol. Me asomé.

Ahí estaba. Un gaucho. Sombrero ladeado. En el cinto, algo que brillaba. Un facón. Terminó de mear. Se sacudió. Se acomodó el pantalón. Me miró.

—Güen día pa regar la tierra, ¿no te parece?

***

La lluvia seguía. El barro me frenaba. El caballo iba despacio. Yo lo espoleaba. Pensaba en el changuito. En La Magdalena. En la fiebre.

Y entonces lo vi. Parado en el medio del camino. El gaucho. Cara cuatreada, casi sin piel. Los ojos hundidos. Las encías negras.

El caballo se paró en seco. Relinchó. Yo intenté calmarlo pero se empacó. Se dio vuelta. Trastabilló. Caímos los dos al barro.

Me levanté. El tordillo intentó pararse conmigo pero no pudo. Tenía la pata torcida.

El gaucho se acercó despacio.

—Lindo pago pa un mocoso —dijo.

El aliento podrido me dio un chirlo.

—¿No te parece que andai en tierra ajena chango?

No contesté. Me quedé clavado en el barro. Mirándolo a los ojos.

—¿Aemá e manco so sordo vo?

Les comparto fragmentos. Está todo cortado como la mano del protagonista. La cosa va escalando. El animal lo ayuda, la mujer lo ayuda, pero es él quien tiene que agarrar la posta y enfrentar.

El libro fue creciendo alrededor de ese primer corte, relato por relato, hasta llegar a once. Que hay cosas que recibís sin pedirlas. Que el cuerpo recuerda lo que la cabeza descarta.

Cuando lo mandé a Fundación El Libro 2026 tenía 130 páginas en A4, unas 200 en formato libro real, con márgenes y tipografía de libro de verdad. Once relatos que no se conocen entre sí pero que respiran con el mismo pulmón. Juro que nunca planeé que fueran once.

Ahora está en manos del jurado. No sé qué hacer con eso.