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Hombre Roto — Artista Desconocido, 2026
Sobre un narrador Marzo 2026

LIBERTAD o RESISTIR: la misma historia contada dos veces

Tengo un problema. Un tipo en silla de ruedas me contó su historia dos veces y no me cierra.

La primera vez se la escuché en un relato que se llama Rompe Piernas. Es un cuento del libro Egixi: un paralítico que finge demencia en una cantera de trabajos forzados, que tiene una cuadrilla de los que no laburan. Les rompe las piernas a los pibes para que no puedan trabajar y tengan tiempo de aprender a leer. Un viejo ciego le enseñó la primera palabra. Él se la guardó como te guardás un golpe. Después la enseña. Después multiplica. Esa es la versión limpia. La versión que te deja salir del libro pensando que la resistencia tiene un método, que el dolor tiene un sentido, que romperle la pierna a un nene de nueve años puede ser justificado como un acto de amor.

La segunda vez la contó dentro de Metal Que Crece. Mismo tipo. Misma silla. Misma cantera. Pero esta vez está escribiendo. No hablando: escribiendo. Tipea con un dedo, mirando el teclado, porque el otro no le cierra. Se le acaba el generador. Le tiemblan las manos. Y lo que escribe no coincide con lo que contó la primera vez.

No estoy hablando de una contradicción chica.

En Rompe Piernas, el viejo Atanasio le enseña LIBERTAD. La traza en el polvo con un hueso. Le dice: no la digás en voz alta. Sopla. Las letras desaparecen. LIBERTAD. Una promesa.

En Metal Que Crece, el viejo Atanasio le enseña RESISTIR. Se la escribe en la palma de la mano con el dedo. Le dice: no es una palabra, es una orden. Cierra los ojos y no los vuelve a abrir. RESISTIR. Un mandato.

¿Cuál dijo? ¿Cuál es la posta? ¿O el narrador la cambió según quién iba a leerlo?

Porque eso es lo que hace un narrador no confiable: edita su propio testimonio. No miente: elige. Elige qué porción de la verdad necesita el que viene después. LIBERTAD es para el que todavía tiene esperanza. RESISTIR es para el que ya no. Las dos son ciertas y son mentira.

Esto lo escribo también porque Juanchito me lo pidió. No con esas palabras. Con las que tiene el que aprendió a leer mirando el polvo. Me dijo: escribí lo que hicimos. Para que no se pierda.

El método lo armé antes de Juanchito. Él fue el primero pero el método vino de lo que me enseñó Atanasio, que era: nada que no tenés cómo guardar se puede enseñar. Que si le enseñabas al pibe a leer en el piso, en la tierra, en el polvo, lo que le enseñabas era que las letras se iban. Que lo que dura tiene que estar en algo que dure.

Así que empecé con las chapas.

Antes del quiebre: Julián marcaba una chapa. Una sola letra. La que iba a ser la primera. El pibe no la elegía, nosotros elegíamos por él, por lo que veíamos. Con Juanchito fue la J. Julián grabó la J con el clavo, despacio, en la chapa de hierro que colgaba del tercer gancho. El ruido del metal sobre metal se escuchaba en todo el búnker.

Después la piedra. Después Julián. Después el grito que la madre tapaba.

Y cuando el pibe dejaba de temblar, la chapa.

Se la mostraba yo. No la entregaba. La clavaba en la pared donde él la pudiera ver desde donde estaba acostado. Sin decir nada. Él la miraba. A veces preguntaba qué era. Le decía: tu primera letra. No la repetía esa noche. No había necesidad.

La chapa se queda en el búnker. Eso es la regla. No es del pibe, es del lugar. Cuando el pibe aprende a leer y a escribir lo que sabe, la chapa no viaja con él. Viaja lo que aprendió.

Las chapas acumuladas en la pared del fondo son una por pibe. Julián las hizo todas. Con el mismo clavo, con el mismo ruido, con esas manos que cuando hacen algo lo marcan bien fuerte.

Después de Juanchito vino La Polenta, doce años, memoria que avergonzaba. La Poca, muy callada, que copiaba diagramas de memoria. Rodrigo Ezequiel Martínez Benavídez, completo, cada vez, el nombre como lo único que tenía y no estaba dispuesto a recortar. Leía más rápido que yo a los dos meses.

Las madres venían de noche. Las que entendían que lo que apostaban era más largo que su propia vida. Dejaban a los pibes. No todas lloraban. Las que preguntaban: ¿va a estar bien? Yo decía: va a estar diferente. Eso era lo verdadero.

Las chapas en la pared del fondo. Letras grabadas con clavo. Si la Vieja Del Agua encuentra el búnker y llega hasta el fondo y las ve, no va a entender qué son.

Ese fragmento es de Metal Que Crece. No existe en Rompe Piernas. Las chapas no aparecen en la versión standalone. Ni las madres de noche. Ni "va a estar diferente". Ni Rodrigo Ezequiel Martínez Benavídez con su nombre completo que no estaba dispuesto a recortar. En Metal Que Crece, la Vieja del Agua es la Capataz que está persiguiendo una cosa toda la novela y al final sí, encuentra. No encuentra lo que estás esperando.

En Rompe Piernas el tipo te narra el método como un estratega. Si no camina, no trabaja. Si no trabaja, tiene tiempo. Si tiene tiempo, aprende. Una ecuación. En Metal Que Crece, el de la silla te cuenta el mismo método pero ahora lo ves escribiendo las INSTRUCCIONES a las tres de la mañana con un generador que se apaga. No suena como un estratega: es un tipo justificando lo que hizo ante alguien que todavía no tiene en frente. Y los testamentos son la forma más vieja de la literatura no confiable. El muerto te dice lo que quiere que te acuerdes.

Hay otra diferencia que no puedo esquivar. En Rompe Piernas, abajo del búnker hay una bomba. Un arma argentina, enterrada y olvidada por los milicos. Una Chekhov's Gun, o arma de Chéjov como se conoce en el ámbito literario. Si la prenden, revienta todo en cien kilómetros. Ellos incluidos. Suicidio colectivo. Juanchito le dice: No. Pero es una forma de no perder. En Metal Que Crece no hay bomba. Hay un jammer, un aparato que les revienta a todos los oídos. Veinte minutos de ceguera absoluta. O muerte instantánea, depende cómo les pegue. Nadie sabe.

¿Cuál encontraron? ¿Una bomba que el narrador achicó para no asustar al que viniera después? ¿O un jammer que el narrador infló a bomba para que la historia pesara más?

No lo vamos a saber hasta que no estemos ahí. Lo que decidí es que el lector tenga las dos versiones y no pueda confiar en ninguna.

La palabra que elijo cuando escribo esto es deliberado. Rompe Piernas es un relato de mi libro Egixi, es inédito, no está publicado en ningún lado. Metal Que Crece es una novela corta que está compitiendo en el Premio UPC de Ciencia Ficción Miquel Barceló 2026, donde ese mismo narrador vuelve con otra voz, otro tono, otras palabras. La contradicción es el punto.

LIBERTAD o RESISTIR. Las dos se escriben en el polvo. Las dos se borran cuando soplás.