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Tunel oscuro — Los Tuneles
Final de libro Febrero 2026

Los Túneles: el último relato del libro Egixi

Un libro de relatos necesita un final que justifique todo lo que vino antes. Si das un resumen, aburrís. Si das un cierre prolijo, secás. Tenés que terminar las cosas con algo que deje al lector en un lugar distinto al que estaba cuando empezó.

Los Túneles es ese relato. Y cumple. Lo que pasa abajo —literalmente abajo, en la estructura subterránea de la argentina ocupada— es lo que pasa en todos los demás relatos pero sin la capa de normalidad encima. Sin los caparazones. Sin los respiradores. Sin los escopetazos de muerte azul. Solo lo que queda cuando sacás todo lo que los Egixi pusieron arriba.

La luz era un privilegio para otros.

Fuego, a veces. Cuando conseguían quemar algo que no fuera necesario para otra cosa. Casi nunca. La mayor parte del tiempo los cuerpos se arrastraban en una oscuridad grasa, reconociéndose mejor por el olor y el ruido.

Estaba en la esquina donde siempre estaba.

Tenía la boca abierta. Un hilo de baba le colgaba del labio. Resbalaba hasta las costillas. Los ojos flotaban, moviéndose lentos de un lado a otro, siguiendo cosas que los demás no tenían tiempo para ver.

En el centro de su cueva la olla hervía. Adentro flotaba lo que fue un animal, ahora deshecho, mezclado con barro y agua que habían juntado de las filtraciones.

El padre revolvía con un palo. Hombros hundidos, lomo doblado de tanto arrastrarse por túneles que no estaban hechos para hombres erguidos. Los ojos fijos en la olla. La boca cerrada.

La madre estaba sentada contra la pared húmeda, los ojos fijos en ninguna parte, las piernas abiertas, porque nadie le había dicho que las cerrara. Le pusieron un trapo encima pero se le había corrido. Movía la lengua como si tuviera un requecho de comida atorado entre los dientes.

Hablaba con las paredes. Las veces, las muy pocas veces que volvía, miraba a su alrededor con los ojos que pondría cualquiera que despertase en un lugar tapiado:

—Raúl… Raúl… ¿Dónde están los nenes?

Y entonces veía dónde estaban. Veía en qué se había convertido todo. Y se iba de nuevo. Hundiéndose en ese lugar dentro de su cabeza donde nada de esto existía.

La abuela le pasó al nieto un trapo húmedo. Él no la miró, pero lo agarró y se lo puso en la cara, y se mantuvo así, con el trapo contra la boca y la nariz, respirando eso que era casi agua, casi limpio.

Solo la vieja lo tocaba sin que fuera para lastimarlo o para usarlo. La única que aún le decía las cosas, que hacía de cuenta que él entendía.

—Comé —dijo el padre.

No le estaba hablando a nadie en particular.

Todos fueron a la olla.

Cuervo, el hermano de Satánico, fue el primero. Los dientes negros, le faltaban tres. Agarró el plato de lata que compartían y hundió, sacó un pedazo que chorreaba, y comió con la boca abierta, mirándolo mientras masticaba.

—¿Qué mirás, Satánico? —dijo, y se rio con la boca llena—. ¿Querés que te dé de comer en la boca como a los perritos?

Satánico ni se movió. Apretó el trapo más fuerte. Se hizo chiquito en su rincón.

La encontró cerca del agujero.

El agujero era su secreto. Un quiebre en la roca, al final de un túnel que nadie usaba porque no llevaba a ninguna parte. Había ido muchas veces, tenía tiempo de ir, porque no lo dejaban salir de cacería con Padre y Cuervo.

Ahí el aire era distinto. Venía por el túnel. No sabía qué era. No podía imaginarlo. Intuyó que sí, porque ese aire no olía a mierda, ni a cuerpos con costras, ni a barro podrido.

La Iguana estaba tirada al lado del agujero, medio muerta, con una pata rota. Se había caído. La vio mucho tiempo. Quieto. No preguntó qué era. Piel áspera. Ojos que no pestañeaban. Solo asombro.

La tocó. Distinguió la sangre. Estaba muy fría y se movió apenas, un temblor, un intento de huir que no llegó a ningún lado. La levantó con las dos manos y se la llevó contra el pecho y volvió arrastrándose por el túnel, protegiéndola con su cuerpo de las piedras que sobresalían.

Tampoco supo que se llamaba Iguana, ni que venía de un mundo con árboles y con cielo. Que era suya. Que llegó de arriba, por el agujero. Que estaba viva y que él podía mantenerla así.

Cuando llegó la escondió en un hueco atrás de las piedras, en su esquina. Le daba pedazos de lo que conseguía. Larvas. Isocas maduras. Trozos de rata apretados con la boca. A medio tragar, para que no se los sacaran. Ella los agarraba despacio, con la lengua. Sin miedo. Satánico le clavó los ojos y aprendió: así se come cuando no se tiene miedo. Así se mueve algo cuando es libre.

Ella levantó la cabeza. Ojos antiguos. Reptil que vio el sol. Y él sentía eso en el pecho. No tenía nombre. Era bueno.

Le hablaba. No con palabras, porque las palabras se le enredaban en la lengua y le salían rotas. Lo hizo con sonidos. Sonidos suaves, guturales.

—Arriba, hay luz —dijo la abuela.

El libro completo —Los Egixi, Rosa Carnívora, Rompe Piernas, Reina Madre, El Tajo, Los Túneles— está guardado en un cajón. Pudriéndose ahí, como se pudren los libros que nadie pidió pero que ya existen y no tienen adonde ir.

No le estoy pidiendo nada a nadie. Estoy diciendo que el libro existe, que está terminado, y que cuando llegue el momento va a poder pararse solo.

Cuando esté listo para salir, va a buscar editorial. Una que entienda que la ciencia ficción argentina no es la traducción de la del norte sino que se puede hacer desde acá, con olor a río y a interior.

Mientras tanto, sigo excavando.