Mediomundo: lo que no se puede tirar
La red salió pesada. Cuatro palabras. Sujeto, verbo, adjetivo. Sin ornamento. El narrador de Mediomundo no anuncia, no prepara: tira la red y arranca. Ese es el tono. Ese es el pacto.
Lo que sigue es una historia de trasplante —de isla a ciudad, de río a fábrica— narrada desde adentro de un cuerpo que todavía no aprendió a vivir el cemento. El narrador no tiene nombre: es el nuevo, es el pescador para sus compañeros de planta. La identidad es siempre lo que te nombran los demás. Apodo como bautismo.
Y lo que heredó es esto: un aro de hierro cromado, oxidado, húmedo. Un mediomundo. La herramienta de pesca que muestra el futuro cuando le cae sangre. No la sangre de cualquiera: la propia. La que uno derrama despacio, sobre el metal, como quien firma.
La red salió pesada. Tiré. Mi lomo crujió. Les pegué con el remo. El ruido sordo. Dejaron de moverse. Agarré el facón y les abrí la panza. Tripas brillando. Tiré al agua. La sangre chorreó por los dedos, cayó sobre el mediomundo.
Y vi.
Vi a un nene chiquito y arrugado. Mis manos poniéndole algo con óxido en el pecho, color cromado.
Me agarré la cara. Me toqué el tajo de la cicatriz. Los dedos me olían a tripa.
—Voy a tener un gurí. La puta madre.
***
Sangre de escama en fierro tibio. Dedos grandes sobre mano chica. Metal sobre pecho. Latido nuevo.
Matungo me enseñó a leer el agua. Fue una tarde de invierno. Yo era gurí, él ya estaba viejo. Se paró en la canoa. Un agujero le comía la frente, de cuando le tiraron con escopeta y no lo mataron. Estábamos en el muelle. El río quieto. Los sauces reflejándose.
—Mirá —dijo señalando un punto donde el agua hacía un remolino chico—. Ahí hay bagre. Amarillo. Grande.
—¿Cómo sabés?
—Porque el agua te muestra. Si sabés mirar.
Tiró la línea, esperó. Dos minutos. Sacó un bagre del tamaño de mi brazo. Me miró la boca. Los ojos hundidos. Cansados.
—Algún día te voy a mostrar otra cosa —dijo—. Y hay que ser precavido con lo que muestra.
Ni idea qué decía. Yo era gurí. Tardé años en entender.
El día que se hundió yo estaba en el muelle. Ya de grande. Vi la canoa alejarse. Matungo se paró. Lo vi saltar. La mano levantada, saludando. Después el agua se lo tragó. Nunca salió a flote.
La caja siempre volvía a la puerta de mi rancho. Cerrada. Con el candado roto. Y adentro, el caño de mediomundo, todavía húmedo.
***
Noelia se llama. No Jesica. Noelia. Así le puso la madre. Así le digo yo.
La conocí en Victoria. Ella trabajaba en un kiosco cerca del puerto. Yo iba a vender pescado. La vi. Me vio. Un día le hablé. Otro día me habló ella.
No es linda. Tiene la nariz torcida y los dientes chuecos. Pero tiene algo. Una fuerza que te tira. Dijo que quería irse de allá. Quería otra cosa. No sabía qué, pero algo distinto.
—¿Y vos? —me preguntó una noche. Estábamos en el rancho. Ella mirando el techo de chapa—. ¿No querés otra cosa?
—No sé qué querer.
—Eso es triste. Tenés que querer.
—Capaz.
Se quedó mirándome. Se calló. Después se dio vuelta y me miró otra vez.
—Estoy embarazada.
La primera versión de este cuento se caía a pedazos en ese punto. En el embarazo, en la herencia anunciada. No me convenció. Lo que me picaba a mí —no era si el mediomundo muestra el futuro, y los personajes no saben cómo pelear contra eso— era si lo que te muestra será verdad o mentira. ¿Qué elegís creer cuando a vos te cuentan algo? Si la imagen que te ofrecen es tan nítida que ni siquiera sospechás: ¿no será que hay en el fondo una cosa oculta?
Tuve dos cuentos arriba de la mesa durante unas semanas. Dos criaturas distintas.
En uno, el mediomundo mentía. Le mostraba al narrador lo que él ya quería creer. A Noelia, la madre, le mostraba a Tomás grande, con camisa y zapatos, un escritorio, lejos del olor a río. Cada uno veía la excusa de la decisión que ya había tomado. Él quería quedarse: el fierro le dijo que no tenía opción. Ella quería irse: el fierro le dio la razón.
En el otro, el mediomundo no mentía. Mostraba. Y lo que mostraba no se aguantaba.
Qué ve cada uno no lo digo acá. Está en el cuento, en lo que callan, en una cicatriz del labio que aparece cerrada toda la historia y que alguien, en algún momento, pudo haber visto abierta. El padre y la madre miran al mismo hijo en el agua y ven cosas opuestas. Ninguno le cuenta al otro lo que vio. Eso es un matrimonio: dos personas mirando lo mismo y viendo cosas que no se dicen. Cuando Noelia dice, en el hospital, no quiero saber, el que lee apurado lee firmeza. El que relee escucha otra cosa. Y escucha a alguien que ya vio y está cerrando una puerta que abrió ella misma.
El narrador empieza en la isla. Río, canoa, bagre, Matungo como el viejo que le enseñó a leer el agua. Después se tiene que ir a Rosario, a una fábrica de autopartes, dejó el olor a barro atrás y se puso a operar una fresadora nueve horas por día. Esa parte del cuento fue una de las más flojas del libro entero. Mal escrita no estaba. Pero era peor, estaba escrita como otro cuento, con otra temperatura, metida adentro del mío. Saltaba del río del Litoral a una cosa gris, urbana, y se notaba el tropezón. No suavicé el salto. Lo hice más bruto, le di cuerpo. El narrador no se adapta a la fábrica: la fábrica lo invade. La fresadora no respira, no es como el agua contra la canoa: empieza con el turno y cuando te vas sigue. El aceite de corte se le mete en la nariz y le tapa el chamamé que quiere acordarse. La mano deja de ser suya, se le llena de costras sobre las marcas del río: dos pieles en la misma mano. El cuerpo de isleño se le va volviendo cuerpo de obrero sin que él lo decida. El día que entendí que el trasplante tenía que sentirse como una enfermedad —el cemento creciéndole encima como el óxido al fierro— esa parte dejó de ser el punto débil y pasó a ser una vértebra.
Ahí, casi sin buscar, apareció un puente que dejé porque era verdad. El que le enseña a cuidarse ahí adentro, en la fábrica, el negro Almirón, viene de la cerealera y entró a una fábrica que en otro cuento del libro tiene nombre. Dos hombres distintos, dos cuentos distintos, la misma planta. El que lee los siete lo encaja solo.
Lo que también creció fue Noelia. En la versión vieja era la mujer que nada más porta el embarazo. Ahora es la que pelea. La que dice: Acá no hay hospital, no hay escuela, no hay nada. ¿Querés que el nene nazca acá? La que reza con un rosario apretado en la mano. Que tiene un corte en la palma que dice que es de pelar bagre. La que te pone en la encrucijada. Decidí —me dijo— El nene o la isla. Noelia ya no es un personaje secundario. Es la fuerza que empuja. No gana. Ni pierde. Se planta.
Y después, el narrador hizo algo que haríamos vos o yo si descubriéramos que tenemos una tarántula en un brazo. Agarró el mediomundo y lo tiró a la mierda. Pero cuando el protagonista llega al departamento vacío, ahí está: en la esquina del comedor, cromado, oxidado, húmedo, con barro del Paraná pegado todavía.
Hay algo adentro del cuento que no se cuenta con palabras del narrador. Son intrusiones en cursiva, dos relámpagos escritos como latidos del fierro. Sangre de escama en fierro tibio. Dedos grandes sobre mano chica. Metal sobre pecho. Latido nuevo. Después: Fierro frío. Manos nuevas. La marca es blanda. Son la voz del objeto. Son el metal contando lo que sabe en un idioma que elude verbos.
El final no cierra. El narrador toma una decisión. Los dedos chiquitos se cerraron alrededor del metal. Tomás tiene días de nacido y ya está sosteniendo lo que lo va a perseguir. El padre le pasa la mano por la cabeza —el mismo gesto que Matungo le hizo a él— y la nuca le deja de arder. ¿Eso es condena o es amor? ¿Es transmisión o es la única forma que conoce de decir: esto es tuyo, es lo que somos?
No lo dice. Lo que Noelia calla es lo más importante y lo vas a tener que responder vos. Lo vas a tener que leer.
Esto está fuera de Promesa y Castigo y encontró su lugar en El Lomo. Es un relato que llegó justo a tiempo. La herencia se sigue propagando, ahora toma voz propia. Llegó al siglo XXI. Llegó de la isla a Rosario. Llegó a la fábrica. Se adaptó. Y sigue. En Cochambre Tato le pega a La Piba Carmina. En Belcebú el abuelo Negro dice que a las mujeres hay que tenerlas cortitas. En Mediomundo el narrador no sabe si está salvando a su hijo o marcándolo. No sabemos dónde la herencia mintió o dijo la verdad. Esa cadena es más poderosa que cualquier objeto maldito.