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Duelo a garrotazos — Francisco de Goya, 1820-1823
Dos relatos · un espejo Febrero 2026

Lo que en el Excel no tiene casillero: Rompe Piernas y La Muda

Rompe Piernas lo escribí tercero, cuando todavía no sabía bien cómo construir lo que seguía en el libro Egixi. La Muda la escribí casi en estos días, cuando ya lo sabía demasiado. Entre los dos escritos hay meses de distancia. Entre la primer idea del libro y los primeros manuscritos serios de Egixi hay años. Sí. Eso es lo que tarda el worlbuilding. O lo que tarda un tipo como yo -que labura nueve horas por día- en crecer lo suficiente como narrador para hacerlo realidad. Mi hermana Flor se reía cuando eramos más chicos, porque yo hablaba de Los Egixi. Que eran como caparazones de tortuga y siempre resolvían con la violencia. Lo que me sorprende, más allá de la distancia entre la cabeza que pensó eso y la mano envejecida que hoy las escribe, es que un escritor pueda rescatar lo que soñó de más chico, ponerse las pilas, y escribirlo. Las horas silla-culo y la cabeza fundida me están pasando factura. Pero la pregunta no se va: ¿qué pasa con un personaje cuando lo mirás desde el otro lado del barro?

Goya pintó Duelo a garrotazos en 1820, en la pared de su propia casa. Dos hombres en la llanura, golpeándose con garrotes. Pero si mirás bien, los dos están hundidos hasta las rodillas en el mismo barro. Ninguno puede ganar. El campo los está tragando mientras pelean. Eso es Rompe Piernas: El Narrador en silla de ruedas y la Capataz Egixi que cumple órdenes. Ninguno eligió el barro. Los dos se hunden en él.

Es interesante porque me gusta jugar con el lector. El día que alguien le preste atención a lo que escribo, se va a dar cuenta que hay un relato en Egixi que se llama Rompe Piernas y cuenta una historia. Y que en otro libro, no voy a nombrar cuál, hay una serie de voces encadenadas, y que la narradora Egixi es el mismo personaje que acecha a nuestros personajes del Rompe Piernas. El rompe piernas construye resistencia de la única manera que puede. No es obvia la crueldad como táctica. Los pibes que no pueden caminar no pueden trabajar en las canteras. Tienen que quedarse adentro y aprender a leer. Su violencia es la única que le devuelve la piña al sistema. En La Muda, hay una escena donde Julián mata a Cascarudo de un picazo, y es un antes y un después porque devuelve el golpe por todos. Ellos descubren que lo que está al margen del límite, es pintura despegándose de las paredes, como la protagonista de La Muda poniéndoles nombres de animales a los protagonistas del otro relato, humanos de la cantera que le resultan incognoscibles.

Dibujo animales en los márgenes de la tablet.

No debería. Los datos van en el centro, las cantidades a la derecha, los trazos de las unidades a la izquierda. Los márgenes son para las correcciones. Pero yo los uso para otra cosa.

El Chancho tiene veintitrés marcas en rojo. Empecé a dibujarlo el día que levantó al de la silla con una sola mano y lo cargó por el barro sin que el otro se lo pidiera. Lo cargó como se carga a una cría: desde abajo, sin apretar. No sé por qué lo dibujé. Hay cosas que no tienen casillero en la tablet.

Al Monito le llevo diecisiete. Es el que más trabajo me da. Se mueve distinto cada vez que lo miro, las proporciones le cambian, como si creciera entre una pincelada y la siguiente. Tiene una pata mala —la izquierda, abajo de la articulación— y sin embargo corre. Eso no debería ser posible. Una unidad con daño estructural debería arrastrarse, no correr. Pero el Monito corre, y lo peor es que mira. Me mira. Con esos sensores húmedos que tienen, dos esferas que les llenan la mitad de la cara, abiertas siempre, captando todo. La mayoría baja los sensores cuando paso. El Monito no. El Monito me estudia como yo lo estudio a él.

Eso me molesta. Me molesta y me interesa. Que son dos versiones del mismo problema.

A la Tortuga Sentada le dediqué nueve trazos, no más. Es difícil de dibujar porque casi no se mueve. Está siempre en la misma posición, sobre esa estructura con ruedas que rechinan, las extremidades superiores caídas, la cabeza ladeada, un hilo de baba colgando. Categoría: inválido, prescindible. Eso dice mi informe. Mis trazos dicen otra cosa.

Los nueve muestran algo que no tiene que ver con la posición del cuerpo: muestran los sensores. Ellos les dicen: ojos.

Los de la Tortuga Sentada son los más rápidos de toda la cantera. Se mueven cuando cree que no lo miro. Calculan distancias, cuentan pasos, registran intenciones y ángulos. Hace exactamente lo mismo que yo.

Eso no me molesta. Eso me aterra.

La Muda está narrada desde el otro lado. La Capataz Egixi lleva cuatro años contando cabezas en esa misma cantera. Lleva una tablet donde registra todo lo que ven sus sensores. Pero hay cosas que no entran en el formulario: el modo en que los animales que vigila hacen cosas que el sistema no prevé. Entonces los dibuja en los márgenes. Bocetos ilegales. Evidencia de que algo en ella ya no funciona como debería.

La muda es el momento en que la coraza cae. La carne nueva queda expuesta al frío antes de endurecerse. Es el momento más vulnerable que existe para un Egixi. Es el momento en que el Chancho le salva la vida y el Monito le pone encima su campera sin que nadie se lo pida.

El formulario no tiene casillero para eso. Ni la tablet ni el sistema ni cuatro años de burocracia alienígena tienen un campo donde poner: alguien te cubrió cuando eras pura carne.

Eso es lo que une a los dos relatos. No la violencia. La violencia está en los dos, pero no es el centro. El centro es el gesto que la violencia no puede producir ni explicar. Lo que cruza la línea de la especie. El garrotazo que llega desde el barro de la Cantera. El narrador enseña a leer desde la silla de ruedas. El Monito abriga a la que lo vigila.

Rompe Piernas termina cuando el primer pibe dice en silencio la primera palabra que aprendió. La Muda termina cuando la Capataz no devuelve la campera. Lo que pasó en el medio, eso, no tiene nombre todavía en ningún idioma.